Domingo, Mayo 19, 2024
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COLCHADO: DEL PERÚ PROFUNDO A LA CIUDAD

En medio de la agitación social partió a la eternidad, uno de los miembros de Isla Blanca comparte una semblanza sobre Oscar Colchado

Por: Esteban Couto

La primera vez que conocí a Óscar Colchado Lucio yo tenía 17 años. Aún no era mayor de edad y había salido a hurtadillas de casa de Mamá Olinda para acudir al encuentro de Leonidas Delgado, escritor cajamarquino residente en Chimbote y exprofesor de Comunicación del colegio, y por ese entonces, ya mi mentor. Había corrido la voz de que Óscar estaría en la vivienda de Marco Cueva Benavides, coordinador del Grupo Literario Isla Blanca (IB) por ese tiempo, y que la reunión sería una despedida a su hija, una jovencísima Patricia, quien partía en unos días a Alemania para hacer realidad sus sueños.

Recuerdo haber devorado horas antes los pasajes más importantes de “Cholito en los andes mágicos”, “Cholito en la ciudad del río hablador” y “Tras las huellas de Lucero”. No sabía si me iban a preguntar detalles de su obra, o me pedirían alguna opinión; era la primera vez que acudía a una reunión de IB, el grupo que Colchado había fundado junto a otros escritores en el restaurant Venecia un 9 de febrero de 1977. Me sentía nervioso, un tanto inseguro, pero esa sensación quedaría de lado una vez abiertas las puertas del cubil chalanero. Marco me extendió la mano con un gesto afable invitándome a pasar; varios poetas (recuerdo a Gloria Díaz entre ellos) me dieron la bienvenida al grupo y estreché sus manos hasta llegar a la de Óscar, quien con una sonrisa amable me saludó antes de tomar la palabra.

Ha pasado tiempo desde ese primer acercamiento a la literatura de mi localidad y mi región. A veces aparecen entrecortadas las frases e imágenes de los rostros ahí reunidos. No obstante, lo que se quedó para siempre en mi interior fue un claro sueño: el de llegar a ser un escritor tan grande como lo era el creador de los cuentos y relatos que durante toda mi secundaria me convirtieron en el receptáculo de la magia, la fantasía, la aventura y la realidad del convulso espacio que me tocó vivir.

Archivo Isla Blanca

Esa noche, tras llegar a casa y haber recibido la reprimenda de mi vida por parte de los abuelitos, volví a sumergirme en las páginas de sus obras, esta vez “Cordillera negra”. Mi meta era completar la lectura de su trilogía cuentística, integrada por “Camino de zorro” y “Hacia el Janaq Pacha”. Antes había pasado por mis manos “Del mar a la ciudad”, un retrato entre crudo y fantástico del Chimbote adolescente, ese Chimbote de arenales, islas y seres mágicos que habitaban sus paisajes más recónditos e inextricables. Era el turno de leer esos libros y, con el pasar de los años, llegaría el turno de la galardonada “Rosa Cuchillo”, la polémica “La casa del cerro El Pino”, la histórica y a la vez nostálgica “Hombres de mar”, obras que aprovecharon al máximo ese caldo de cultivo que es el Perú profundo, el Perú migrante, el Perú del ande y su gente luchadora: héroes anónimos que volvieron a la vida a través de su pluma (Uchcu Pedro Pablo Atusparia y Luis Pardo, por ejemplo); costumbres y leyendas que hoy se enfrentan a la desaparición pero que nunca morirán en sus textos, como es el caso de “Muchacha de vestido blanco” del poemario “Devolverte mi canción” (sí, no solo era narrador, también un poeta ameno y sensible), que junto a “Aurora tenaz” (su ópera prima) y “Sinfonía azul para tus labios”, acompañadas de los cantos de lucha y resistencia social del pueblo andino reunidos en “El arpa de Wamaní”, conforman el grueso de su obra poética. Una obra que también me alentó a seguir el camino de la poesía y buscar desde allí una voz más personal.

Archivo Isla Blanca

Recuerdo bien que aquella tarde noche de iniciación la pasé relajado, aunque entusiasmado, con la grata compañía de los camaradas de la isla. No me hicieron preguntas de rigor acerca de literatura; mi bienvenida al grupo era también la emotiva despedida del país de Patricia Colchado, y un evidente homenaje al fundador de un colectivo que sobrevive hasta nuestros días de la mano de nuevos talentos y escritores, quienes inspirados en él han puesto el hombro para incrementar el acervo cultural de la región mediante sus constantes actividades desde el puerto con el sello IB. Un legado imborrable producto de una iniciativa que, en definitiva, ha quedado marcada en los anales de la literatura de ese Perú que muchas veces es ninguneado por la capital, pero que Colchado Lucio se encargó de visibilizar desde diversos discursos y frentes.

Desde una tarde de corrida de toros, pasando por el pequeño Cholito montado en el lomo de un cóndor para volver a casa, hasta aguerridos hombres de mar luchando contra la explotación y la mafia, Óscar Colchado Lucio supo abrazar en su obra el sentir de los personajes más relegados y humildes de los sectores más olvidados de nuestra nación para revalorizarlos a través de luchas épicas, históricas, mágicas, simbólicas, entre sus páginas; historias con un trasfondo histórico y sociocultural que por estos tiempos se vuelven tan necesarias, tan urgentes. Haber nacido y crecido en Huallanca, nostálgica sierra de Ancash, y desarrollado sus estudios y labor creativa en Chimbote, tuvo una influencia trascendental que nunca escaparía de su vigor expresivo y tendría en sus protagonistas la representación ideal de ese Perú profundo que pugnaba por ser escuchado. Un Perú que, como bien lo apuntó él desde la ficción, continúa luchando a sangre, fuego y lágrimas por esa reivindicación. Un Perú que hoy, pese a su partida de este mundo físico en medio de la agitación social, ya es inmortal a través de su obra. Un Perú que lo espera con los brazos abiertos, extasiado de agradecimiento, allá arriba, en el Janaq Pacha.

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