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San Camilo: caminar un mercado después de escucharlo

Escuchar primero y caminar después cambió la forma de recorrer San Camilo, un recorrido cultural propuso observar el mercado, no solo como un espacio de abastecimiento, sino como un lugar donde conviven historia, tradición y vida cotidiana.

Antes de entrar al mercado hubo que sentarse a imaginarlo. La primera parada no fue entre puestos de verduras ni frente al olor del pan recién hecho. Fue en una butaca del Teatro Arequepay, donde una exposición del antropólogo Miguel Céspedes Carpio comenzó hablando de alimentación y terminó abriendo preguntas sobre historia, hábitos y formas de vivir la ciudad.

Mientras avanzaban las diapositivas aparecían costumbres, mercados y maneras de comer que han cambiado con el tiempo. La cocina dejaba de parecer solo una colección de platos típicos para convertirse en una forma de entender cómo una sociedad se organiza, trabaja y recuerda. Escuchar primero tiene un efecto y es que cuando llega el momento de caminar, ya no se mira igual.

El recorrido continuó hacia el mercado San Camilo. Entrar al ruido cotidiano: conversaciones superpuestas, vendedores llamando clientes, bolsas moviéndose de un lado a otro y una música que aparecía por momentos entre el movimiento constante, pero el recorrido no comenzó mirando productos, sino en el segundo piso. Allí, entre puestos de telas y pasillos menos transitados que las zonas de comida.

Miguel Céspedes Carpio, Antropólogo de la Universidad Nacional de San Agustin.

Mientras señalaba detalles del espacio, el expositor explicó que San Camilo ha atravesado transformaciones a lo largo del tiempo y que hoy reúne alrededor de 1 200 puestos organizados por secciones especializadas. Más allá del crecimiento urbano y de las nuevas exigencias sanitarias, el mercado sigue conservando algo que no aparece en los reglamentos: una forma propia de relacionarse.

Porque el mercado, no es solamente infraestructura.

Miguel Céspedes Carpio, Antropólogo de la Universidad Nacional de San Agustin.

No solo existen puestos donde se vende comida o telas

También sobreviven prácticas que muchas veces pasan desapercibidas para quien entra solo a comprar. Historias de comerciantes que mantienen tradiciones entre ellos mismos. Bautizos simbólicos hechos con pan. Espacios que funcionan como punto de encuentro para familias, amistades y conversaciones repetidas durante años.

También sobreviven otras capas menos visibles. En ciertas zonas todavía se encuentran hierbas medicinales, elementos para rituales y productos ligados a prácticas tradicionales que siguen teniendo lugar en la ciudad. El mercado aparece entonces como un punto donde conviven distintas formas de entender el bienestar: la alimentación, la medicina popular, la fe y la memoria.

Al hablar de ello también aparecieron los volcanes, no como paisaje, sino como presencia simbólica. El Misti, acompañado del Pichu Pichu y Chachani, fue mencionado desde la cosmovisión andina como parte del imaginario que todavía atraviesa ciertas prácticas rituales y formas de habitar el territorio.

Mercado San Camilo

Escuchar esas historias dentro del mercado producía una sensación extraña, lo cotidiano empezaba a sentirse más antiguo de lo que parecía. En algún momento se anunció media hora para recorrer libremente y luego volver para las conclusiones.

Pero quizá el recorrido ya había cumplido su función. No porque el mercado revelara algo extraordinario ni porque escondiera secretos imposibles de encontrar, sino porque obligó a detener una costumbre muy común: entrar, comprar e irse.

El Mercado San Camilo siguió siendo el mismo de siempre. Solo que después de escucharlo, ya no parecía exactamente el mismo lugar.

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