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Estudiar es de valientes. Una deuda con las infancias de la selva peruana

En Loreto, ir a la escuela puede significar caminar 45 minutos sobre barro o cruzar puentes inseguros. Mientras el discurso oficial habla de innovación educativa, miles de niños enfrentan deserción por falta de infraestructura básica, servicios y rutas seguras. En Iquitos, el derecho a la educación empieza —y muchas veces termina— en el camino.

Iquitos 2026. Todavía puedo sentir el olor a nuevo de mi primer uniforme. Tenía ocho años y en mi casa existía un ritual sencillo pero lleno de amor: la camisa impecable, los zapatos brillantes y una lonchera con fruta fresca, sánguche y jugo recién hecho. Mis preocupaciones eran mínimas: no olvidar la tarea y no distraerme al sonar el timbre de salida para no hacer esperar a mi madreCrecí en una burbuja donde el camino al colegio era seguro, cotidiano y predecible.

​Hoy, a pocos kilómetros de esos recuerdos, la realidad me golpea con una crudeza que jamás aparece en los folletos del Ministerio de Educación ni en discursos oficiales de inicio escolar. En los asentamientos humanos donde el asfalto es un mito y las veredas son promesas electorales incumplidas, el año escolar no empieza con nervios y entusiasmo, sino con incertidumbre.

Para miles de niñas y niños loretanos, estrenar zapatos no es la preocupación. Lo urgente es calcular si las tablas sobre el agua aguantarán su peso un año más o si contarán anécdotas sobre las caídas que tendrán al pisar el barro saliendo de sus casas producto de una lluvia que cae sin cesar.

​Es desconcertante que esta ciudad tropical, tan atractiva para el turismo, continúe viviendo con tanta austeridad. Las promesas de las autoridades suelen convertirse en titulares, no por proyectos, obras o inversión, sino por escándalos: infidelidades expuestas, compras sospechosas de terrenos, restaurantes y hoteles de lujo abiertos en silencio. La gente lo dice sin anestesia: “la ayuda nunca llega porque se queda en los bolsillos del más vivo”.

Cuando visito comunidades en los distritos de San Juan Bautista y Belén y observo el talento de tantos niños y niñas—para las letras, los números o el deporte— me vuelve una pregunta que duele: ¿Por qué tiene que ser así? ¿Por qué un niño de primaria debe caminar tanto hasta su escuela mientras en otras ciudades el debate educativo gira en torno a llevar inglés desde el nivel inicial o sumar un curso de inteligencia artificial? Aquí, la discusión no es la vanguardia educativa: es la supervivencia escolar.

En Iquitos, la lucha cotidiana no es por la innovación, sino por no abandonar la escuela antes de terminar la primaria. Según el MINEDU 2025, Loreto sigue entre las regiones con mayores índices de deserción escolar y menores niveles de comprensión lectora y matemática. Un dato que debería escandalizarnos, pero que parece pasar desapercibido entre las compras de terrenos y los hoteles nuevos.

Vías que expulsan, no que conectan

​La falta de pistas y veredas no es un asunto de estética urbana: es una causa estructural de deserción. Cuando el río crece y todo se inunda, ir a la escuela se vuelve un acto de valentía, caminar más de 45 minutos sobre un piso lodoso y peligroso hasta el colegio desgasta no solo el uniforme: desgasta el ánimo. Muchos niños terminan abandonando las aulas para trabajar o quedarse en casa cuidando hermanos menores. ​A esto se suma la vulnerabilidad extrema a la que se exponen. En este trayecto solitario sobre puentes de madera, rodeados de basura acumulada y aguas contaminadas, los niños quedan a merced de peligros ambientales y humanos. La ausencia de rutas seguras y transitadas facilita que cualquier adulto inescrupuloso aceche en las sombras de una infraestructura colapsada.  

​El contraste con el resto del Perú es una bofetada a la equidad. Se priorizan currículos nacionales diseñados desde escritorios en Lima que exigen habilidades digitales, cuando en nuestra Amazonía ni siquiera garantizamos que el profesor y el alumno lleguen al aula sin mojarse los pies. Solo una pequeña fracción de los colegios en Loreto cuenta con servicios básicos en buen estado, y la conectividad sigue siendo un lujo pues solo el 24.4% de colegios tienen internet —mayormente en la misma ciudad—pero su conectividad aún es limitada.

Infraestructura: el primer derecho educativo

Es urgente que las autoridades dejen de ver la infraestructura básica como un tema ajeno a la pedagogía. No se puede pedir rendimiento si el entorno empuja al estudiante a renunciar. En el contexto de Loreto, una vereda elevada y segura es tan pedagógica como un libro o una computadora. Sin un camino digno, el derecho a la educación no es más que una frase estampada en un documento que el río termina llevándose.

​Y entonces recuerdo mi propia seguridad a los ocho años y siento un nudo en la garganta. Esa tranquilidad no debería ser un privilegio de clase o de zona geográfica, sino un estándar mínimo para cualquier niño del país. 

No podemos permitir que el futuro de un niño o niña dependa de si vive en una calle pavimentada o en una casa flotante rodeada de deshechos. Cada estudiante que deserta es un ingeniero, una abogada, un médico o una líder comunitaria que el Perú pierde para siempre.

​Mientras no miremos el barro y el río con la misma urgencia con la que miramos las estadísticas de la OCDE, seguiremos siendo un país de dos velocidades. Iquitos no necesita más discursos sobre el futuro; necesita caminos. La educación comienza en casa, pero se consolida en el trayecto hacia la escuela. Ningún sueño debería naufragar antes de cruzar la puerta del aula.

Datos importantes:

Más del 37% de los locales educativos en Loreto están en riesgo, obligando a estudiantes a tomar clases en condiciones no aptas.

Muchos colegios carecen de agua, desagüe, electricidad e internet, limitando el acceso a condiciones dignas de aprendizaje.

La desnutrición y la anemia infantil son factores directos que afectan la concentración y el aprendizaje en los estudiantes de la región.

Sobre la autora

Alejandra Doménique Zea es comunicadora social con mención en comunicación para el desarrollo por la UCSM y egresada de la maestría en Solución de Conflictos (USMP). Tiene 10 años de experiencia en organizaciones públicas y privadas. Actualmente es facilitadora de desarrollo territorial en Plan International Perú. Fue especialista en comunicación en Piura, Lambayeque y Loreto, gestionando proyectos de emprendimiento y empleabilidad juvenil, salud sexual y reproductiva, gestión de riesgos y respuesta humanitaria. Implementó iniciativas de protección de la niñez con enfoque de género e inclusión. Experta en comunicación estratégica y fundraising, dirigió la agencia Medusa Creativa. Voluntaria en Kumpay y coautora de “20 voces de la comunicación”.

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