En nuestra época, marcada por la hipercompetencia, la sobreexposición mediática y la fragilidad emocional, hablar del propósito de vida no es un lujo filosófico, sino una necesidad urgente. La ausencia de un sentido vital no solo desestructura al individuo, sino que erosiona los vínculos sociales y comunitarios. Lo que Viktor Frankl llamó “vacío existencial” se ha convertido hoy en una epidemia silenciosa: apatía, desesperanza y una vulnerabilidad creciente frente a la ansiedad y la depresión.
No es casualidad que la neurociencia confirme lo que la filosofía y la psicología ya afirmaban: tener metas genera circuitos cerebrales asociados con la motivación y la perseverancia. Sin propósito, la vida se reduce a la evasión, a la procrastinación o incluso la adicción. En otras palabras, la falta de dirección vital no es un problema abstracto, sino una herida concreta en la salud mental y el tejido social.
La tradición humanista y espiritual nos recuerda que el propósito no se inventa, se descubre. Frankl lo vio en los campos de concentración: quienes tenían un “porqué” podían soportar casi cualquier “cómo”. San Josemaría Escrivá lo expresó con lucidez: se debe iluminar con fe y amor las tareas ordinarias. Y Santo Tomás de Aquino lo llevó más allá, señalando que la felicidad plena no se encuentra en bienes finitos, sino en la unión con el Bien Supremo. Estas voces, tan distintas en vivencias y tiempos, coinciden en lo esencial: el propósito trasciende lo individual y se convierte en la fuerza que estructura nuestra existencia, siendo una verdadera invitación a la felicidad.

Hoy, sin embargo, parece que hemos relegado esa brújula. Nos obsesionamos con logros inmediatos, con métricas de éxito que se agotan en lo material, y olvidamos que la vida humana necesita una dirección más profunda. El resultado es evidente: alienación, pérdida de pertenencia y una sociedad fragmentada que ha perdido su centro.
Defender la importancia del propósito de vida no es un gesto romántico, es una postura vital que se nutre del vínculo con los demás. Es reconocer que, sin un horizonte trascendente, la identidad se fragmenta, las emociones se tornan erráticas y las comunidades se debilitan. Por el contrario, cuando el propósito se enraíza en valores duraderos y en la apertura a lo trascendente, se convierte en un principio de resiliencia y logro de la plenitud.
En definitiva, el propósito de vida es la brújula para navegar la incertidumbre. No basta con sobrevivir; necesitamos vivir con dirección, con sentido y con la convicción de que nuestra existencia puede ser fecunda para nosotros y para los demás. Recuperar esa brújula es, hoy más que nunca, el desafío más urgente de nuestro tiempo.

Artículo de: Dra. Elva Franco Delgado – Docente del Departamento de Psicología de la Universidad Católica San Pablo

