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¿Quién habla por quién? Lugar de enunciación y legitimidad de la voz en la comunicación feminista

En una sesión de clase afirmé que los hombres no deberían hablar de feminismo. La frase incomodó, y con razón: dicha así, suena a una prohibición. Sin embargo, no surgió de un dogma, sino de una observación concreta. El grupo de varones al que me refería («compañeros» de clase) eran los que no habían revisado sus propias ideas sobre el poder, el cuerpo o los roles de género. Que ellos explicaran el feminismo a otras personas me parecía arriesgado: podían convertir sus prejuicios en conceptos y repetir, con vocabulario nuevo, la misma desigualdad de siempre.

Este ensayo vuelve sobre aquella afirmación para darle un fundamento más sólido. Mi pregunta ya no es si los hombres pueden hablar de feminismo, sino quién habla por quién y desde dónde. La respondo desde la comunicación alternativa y participativa, una tradición latinoamericana que cuestionó desde sus inicios el modelo en que unos emiten y otros solo reciben.

Sostengo que el problema no es el género de quien enuncia, sino la posición desde la que lo hace. Cuando alguien que no ha examinado su lugar de privilegio habla en lugar de las mujeres, reproduce la comunicación vertical que el feminismo y la comunicación participativa buscan desmontar. La legitimidad de la voz no se hereda por pertenecer a un grupo; se construye en el diálogo, la escucha y la revisión crítica de la propia posición.

De la comunicación vertical a la comunicación participativa

La comunicación alternativa latinoamericana nació como crítica al modelo clásico, heredero de Lasswell, que entiende la comunicación como transmisión: alguien emite un mensaje para producir un efecto en otro. Beltrán (2007) propuso despedirse de ese esquema. Para él, la comunicación es «el proceso de interacción social democrática» basado en el intercambio de símbolos, en el que todas las personas tienen acceso, diálogo y participación. El acento se desplaza de la persuasión al encuentro entre sujetos.

Esta propuesta se apoya en Freire (1970), quien distinguió la educación «bancaria», donde el educador deposita contenidos en educandos pasivos, de una educación dialógica en la que ambos aprenden y transforman su realidad. Kaplún (1998) llevó esa distinción al campo de la comunicación: frente a los modelos que ponen el énfasis en los contenidos o en los efectos, defendió uno centrado en el proceso, donde cada participante es a la vez emisor y receptor.

Esta tradición me sirve para releer mi afirmación de clase. Un varón que «explica» el feminismo sin haberlo vivido ni cuestionado ocupa el lugar del emisor bancario: deposita definiciones en un auditorio y, de paso, vuelve a colocar a las mujeres como receptoras de un saber sobre ellas mismas. Aunque el contenido sea feminista, la forma sigue siendo vertical. En comunicación, la forma también es mensaje.

Lugar de enunciación: hablar es poder existir

La filósofa brasileña Ribeiro (2018) ofrece la categoría que necesitaba para decir mejor lo que intuí en clase. Su concepto de lugar de fala, traducido como lugar de enunciación, no se refiere a quién tiene permiso para hablar, sino al locus social desde el que cada persona mira y nombra el mundo. Para Ribeiro, hablar no se reduce a emitir palabras: es poder existir. Por eso, cuando un grupo concentra la palabra pública, los demás no solo quedan callados; quedan fuera de la existencia social.

Ribeiro insiste en que todas las personas tienen un lugar de enunciación, incluidos los hombres blancos y heterosexuales. La cuestión no es que se callen, sino que reconozcan desde dónde hablan y asuman la responsabilidad que eso implica. Esta precisión cambia el sentido de mi premisa: no se trata de vetar a los varones, sino de exigir que nombren su posición antes de hablar sobre otras.

Haraway (1995) llega a una conclusión cercana desde la epistemología. Frente a la ilusión de un conocimiento neutral, que todo lo ve desde ningún lugar, defiende los conocimientos situados: parciales, encarnados y responsables de su perspectiva. El varón que explica el feminismo como si fuera un observador objetivo practica justamente esa mirada desde ninguna parte, que oculta su propia posición.

Spivak (2003) añade una advertencia más incómoda. En ¿Puede hablar el subalterno? muestra cómo los intelectuales que dicen representar a los grupos oprimidos terminan sustituyendo su voz. Banerjee (2014) resume bien la salida que propone: pasar de «hablar por» a «hablar con». Esa es, en esencia, la misma apuesta de la comunicación participativa.

Cuando el discurso se vacía: apropiación y mandato de masculinidad

Rivera Cusicanqui (2010) observó algo que ilumina mi preocupación inicial. Al analizar los discursos sobre descolonización en Bolivia, advirtió que las élites podían adoptar el lenguaje de la emancipación indígena sin cambiar sus prácticas. En su análisis, «las palabras no designan, sino encubren» (p. 19). El vocabulario crítico, apropiado por quienes no transforman su posición, se vuelve una máscara.

Lo mismo ocurre con el feminismo. Un varón puede aprender términos como patriarcado, sororidad o violencia simbólica y usarlos con soltura en un aula, mientras mantiene intactas sus actitudes cotidianas. En ese caso, el concepto no nombra una transformación; la simula. Esto era lo que temía cuando dije que darles conceptos feministas podía ser peligroso: el riesgo no está en las ideas, sino en que sirvan para disfrazar lo que no ha cambiado.

Segato (2018) explica por qué esa revisión es tan difícil para los hombres. Según la antropóloga argentina, la masculinidad funciona como un mandato: una exigencia constante, vigilada por los pares, de probar fuerza, control y distancia emocional. Quien no se ha preguntado por ese mandato tiende a reproducirlo incluso cuando habla en nombre de la igualdad. Cuando le preguntaron cómo enfrentar la violencia contra las mujeres, Segato respondió: «desmontando el mandato de masculinidad» (p. 49).

La respuesta de Segato me parece clave porque coloca la tarea en el lugar correcto. Lo que corresponde a los varones no es explicar el feminismo, sino desmontar su propia masculinidad. Ese es un trabajo que solo ellos pueden hacer, y que precede a cualquier intento de hablar sobre las mujeres.

Hablar con, no por: una propuesta desde la comunicación participativa

Si el problema es la posición y no el género, mi afirmación inicial necesita matices. Prohibir a los hombres hablar de feminismo tendría dos riesgos. El primero es esencializar: suponer que toda mujer, por serlo, ya ha cuestionado el patriarcado, algo que la experiencia desmiente. El segundo es dejar a los varones fuera de una conversación que también les concierne, pues el mandato de masculinidad los daña a ellos y a quienes los rodean.

Por eso propongo reformular la premisa en clave participativa. En lugar de preguntar quién puede hablar, conviene preguntar cómo circula la palabra. Identifico tres condiciones para que un discurso sobre el feminismo sea legítimo:

  1. Nombrar el propio lugar de enunciación. Quien habla reconoce desde dónde lo hace y qué privilegios o límites tiene esa posición (Ribeiro, 2020; Haraway, 1995).
  2. Ceder el micrófono antes de tomarlo. En los espacios de comunicación, las mujeres producen y narran su propia experiencia; los demás escuchan, preguntan y amplifican sin apropiarse (Spivak, 2003; Beltrán, 2007).
  3. Hablar de lo que toca transformar. El aporte de los varones no consiste en definir el feminismo, sino en revisar y desmontar su propia masculinidad (Segato, 2018).

Estas condiciones no son reglas de exclusión, sino criterios de diálogo. Coinciden con lo que Freire (1970) y Kaplún (1998) llamaban una comunicación horizontal: nadie habla sobre el otro sin haberlo escuchado antes. En un aula, esto puede traducirse en prácticas concretas: que los testimonios de las estudiantes sean el punto de partida y no un ejemplo al final, y que los varones participen desde la pregunta sobre sí mismos antes que desde la explicación.

Volver sobre una frase dicha en clase me permitió entender mejor lo que intentaba defender. No creo que el feminismo sea propiedad de un grupo, pero sí creo que su palabra pierde sentido cuando la pronuncia quien no ha revisado su lugar en la desigualdad. Hoy reformularía mi afirmación así: los hombres que no han deconstruido su masculinidad (como los compañeros en clase y quizá los docentes) no deberían hablar por las mujeres; deberían empezar por escucharlas y por hablar de sí mismos.

La comunicación alternativa y participativa ofrece herramientas para ese giro. Comunicar es dialogar y no transmitir, la palabra está atravesada por posiciones de poder, que los conceptos pueden encubrir en vez de nombrar y que la masculinidad es un mandato que hay que desmontar.

Darle voz a la mujer, entonces, no es concederle un turno dentro de un espacio que otros controlan («NINGUNA MUJER QUIZO PARTICIPAR EN ESTE CONVERSATORIO» «ASÍ SON LAS MUJERES» «LES DIMOS UN ESPACIO Y NO QUISIERON PARTICIPAR»). Es transformar el espacio para que la palabra circule de otro modo. La pregunta «¿quién habla por quién?» no busca silenciar a nadie, sino recordarnos que toda voz viene de un lugar, y que reconocerlo es el primer paso para que la comunicación sea, de verdad, participativa.

Ensayo de: Sol Luna

Y sí, antes de hablar sobre feminismo me reconocí machista, pero a ese lugar nunca más volveré.

Referencias

Banerjee, I. (2014). Mundos convergentes: género, subalternidad, poscolonialismo. La Ventana. Revista de Estudios de Género, 5(39), 7–38. https://www.scielo.org.mx/pdf/laven/v5n39/v5n39a3.pdf

Beltrán, L. R. (2007). Adiós a Aristóteles: la comunicación «horizontal». Revista Latinoamericana de Ciencias de la Comunicación, (7). https://revista.pubalaic.org/index.php/alaic/article/download/223/226/238 (Trabajo original publicado en 1979)

Freire, P. (1970). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI. https://repository.uniservitate.org/resources-repository/pedagogia-del-oprimido/

Haraway, D. (1995). Conocimientos situados: la cuestión científica en el feminismo y el privilegio de la perspectiva parcial. En Ciencia, cyborgs y mujeres: la reinvención de la naturaleza (M. Talens, Trad.). Cátedra. (Trabajo original publicado en 1988, https://doi.org/10.2307/3178066)

Kaplún, M. (1998). Una pedagogía de la comunicación. Ediciones de la Torre. https://edisciplinas.usp.br/mod/resource/view.php?id=1929368

Ribeiro, D. (2018). Breves reflexiones sobre lugar de enunciación. Relaciones Internacionales, (39), 13–18. https://doi.org/10.15366/relacionesinternacionales2018.39.001

Ribeiro, D. (2020). Lugar de enunciación (A. Pereira da Encarnação, Trad.). Ediciones Ambulantes. (Trabajo original publicado en 2017). Reseña de acceso abierto: https://doi.org/10.21500/23825014.6753

Rivera Cusicanqui, S. (2010). Ch’ixinakax utxiwa: una reflexión sobre prácticas y discursos descolonizadores. Tinta Limón. https://tintalimon.com.ar/libro/CHIXINAKAX-UTXIWA

Segato, R. (2018). Contra-pedagogías de la crueldad. Prometeo Libros. https://tid.xoc.uam.mx/archivos/SEGATO.-Contra-pedagogias-de-la-crueldad.pdf

Spivak, G. C. (2003). ¿Puede hablar el subalterno? Revista Colombiana de Antropología, 39, 297–364. https://doi.org/10.22380/2539472X.1244

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