Rosas rojas comienzan a acumularse en las puertas del cementerio “El Ángel” y algún que otro globo con las clásicas frases características de la fecha: “Feliz día, Mamá”, “Te amo, mamá”, “Eres la mejor mamá”.
Aquí no hay desayunos planificados un día antes con la sutileza más cuidada, ni regalos comprados en las ofertas de la semana. Hay lápidas recién limpiadas, fotografías desgastadas y canciones que todavía unen a mamá.
Son las nueve de la mañana y el camino principal, ese del que salen otros diez más, recibe el toque del sol en una bienvenida para quienes buscan el calor de mamá, pero también para aquellas madres que buscan a quien alguna vez las llamó así.

Sentado frente a una lápida decorada con rosas frescas, Juan, de unos 40 y 50 años, acomoda un pequeño parlante junto a la fotografía en blanco y negro de su madre. Apenas presiona un botón, empieza a sonar un huayno antiguo. Él sonríe apenas unos segundos y se gira a las figuras tras de él, mientras su esposa sostiene el parlante.
Le gustaba esta canción — les dice a sus hijos —. Siempre la escuchaba mientras cocinaba por las mañanas.
Después guarda silencio. Mira la foto. Y por un momento, parece que hubiera vuelto a desayunar con ella.
Cabellos blancos los de mi madre
Y los de plata sagrados son
Sus tersas manos me acariciaban
Aquella tarde que me alejé

Unos metros más allá, una mujer de cabello recogido se arrodilla frente a una lápida pequeña aún sin pintar. A su lado hay un balde con agua y una bolsa de la que, poco a poco, empieza a sacar juguetes: un carro de tono rojo se asoma.
Los acomoda con cuidado, después limpia el polvo. Sonríe apenas. Baja la cabeza. La tumba pertenece a un niño.
Ella permanece ahí varios minutos, inmóvil por momentos. A veces mueve los labios en silencio. Otras veces acaricia la esquina del nicho con la palma abierta, despacio, igual que una madre acomoda el cabello de un hijo antes de dormir.
Sus ojos tristes
Ay me miraban
Cuando partía del dulce hogar
Barrio querido
Barrio del alma
Cuida a mi madre, que volveré

En la otra esquina, Brigida sostiene un ramo pequeño de flores. Tiene 57 años y tres hijas, han pasado trece años desde que su madre murió. Dice que con el tiempo ha empezado a olvidar su voz y, a veces, incluso su rostro. La única imagen que conserva de ella es una fotografía antigua guardada en casa, el único puente entre el recuerdo y el olvido para su cansada memoria.
Aun así, cada Día de la Madre vuelve al cementerio. Porque aunque ya no es una niña, todavía recuerda aquella vez en que cayó y se golpeó la rodilla a los once años pastando ovejas y su madre la regañó, la levantó, la curó y la cuidó.
A veces todavía la buscó como si siguiera aquí —dice.
La tumba de su madre no está en “ El Ángel” ni siquiera en Arequipa. La que sí descansa ahí es su hija que partió cuando solo tenía 1 año. Por eso, cada vez que viene, le pide en silencio que cuide de su abuela si es que logró encontrarla del otro lado. Y también le pide a su madre que cuide de su hija, porque aunque tuvo otras dos, una madre nunca olvida.
Hoy que estoy tan triste
Quiero a mi madre juntito estar
Pero ay no puedo
Estoy tan lejos
Solo me queda
Solo llorar
Cabellitos blancos
Cabellitos de mi madre
Son las 11 de la mañana, a lo lejos pero muy fácil de distinguir vuelve a sonar la melodía que invade el ambiente sin pedir permiso. Acompañada de tristeza y alegría. Tocada desde una radio malgastada por el tiempo, pero casi tan antigua como las letras que salen disparadas al aire en un ruego hacia el cielo una y otra vez. Como si de un bucle se tratara. El dueño parece estar y no estar, yace echado con ropa negra en el lugar, sosteniendo la pequeña caja musical y con lágrimas salpicando una tumba apenas nueva.
La canción sigue sonando.
Hoy que estoy tan triste
Quiero a mi madre juntito estar
Pero ay no puedo
Estoy tan lejos
Solo me queda
Solo llorar
Cabellos blancos, los de mi madre…
Por: Hibria Mendoza.

