Armados con baldes, mangueras y horas de camino por detrás, más de 20 voluntarios regresaron a las faldas del volcán Chachani para reencontrarse con los árboles de queñua sembrados meses atrás. Esta vez, la misión no fue plantar nuevos ejemplares, sino garantizar su supervivencia mediante una jornada de riego organizada por «Un Árbol, Una Vida Arequipa».
El grupo ascendió hasta la zona de Cabrerías, dentro de la zona núcleo de la Reserva Nacional de Salinas y Aguada Blanca. Allí, entre el viento y el silencio característico de la zona, cada voluntario cargó agua para regar los pequeños plantones que fueron sembrados durante las jornadas realizadas en febrero y marzo de este año.
A simple vista podría parecer un trabajo sencillo. Sin embargo, para que una queñua sobreviva en las condiciones extremas de altura no basta con sembrarla. Durante sus primeros años necesita seguimiento constante. Según relata Faviana Deglane, una de las fundadoras de «Un Árbol, Una Vida Arequipa», la asociación y voluntarios suben cuatro veces después de cada siembra durante el año para así poder suministrar aproximadamente dos litros de agua a cada plantón, esto se hace antes de junio debido a la temporada de frio, lo que dificulta el riego de las queñuas. Además el acompañamiento durante los primeros años es fundamental para asegurar la supervivencia de los árboles.
“Nosotros tenemos que regar durante los dos primeros años después de haber sembrado para que el árbol resista. Una vez que prende esos dos años ya se deja de regar, porque el plantón ya sobrevive”.
Faviana Deglane

Las queñuas (Polylepis rugulosa) crecen lentamente. En promedio aumentan entre cuatro y cinco centímetros por año, por lo que recién después de una década pueden alcanzar alrededor de un metro de altura. Aun así, son consideradas una de las especies más importantes para la conservación de los ecosistemas andinos y pueden vivir hasta mil años.
Además de contribuir a la captura y almacenamiento de agua, ayudan a reducir la erosión del suelo y disminuyen el impacto de las lluvias intensas. Gabriel Menéndez, guardaparque de la reserva, mencionó también que más de mil hectáreas de bosques nativos han desaparecido en las faldas del Chachani a lo largo de los años, por lo que la reforestación busca recuperar espacios que antiguamente estuvieron cubiertos por esta especie.
“Todavía existen en el Chachani zonas de bosque RELÍCTO. Aquí donde vemos arbustos antes había bosque. Lo que esperamos a futuro, de acá a unos veinte años, es que aquí vuelva a existir un bosque como lo hubo hace 200 o 400 años”.
Faviana Deglane
Pero más allá de los árboles, la iniciativa también busca generar una conexión entre los ciudadanos y la montaña. Cada convocatoria reúne tanto a personas que participan por primera vez como a voluntarios que llevan años acompañando las jornadas de siembra y riego.

“Quien siembra, quien riega y quien ve el sacrificio que es estar aquí en la montaña, cuida. Y cuida además porque se convierte en un vocero de cómo es la siembra y de lo difícil que es”.
Faviana Deglane
Para muchos de los voluntarios, regresar constantemente al Chachani termina convirtiéndose en una experiencia que va más allá de la reforestación. La montaña representa un espacio de tranquilidad y conexión con la naturaleza, ubicado a poco más de una hora de la ciudad. Dejando de lado no solo su valor paisajístico, estos ecosistemas cumplen un papel fundamental en la conservación del agua y la reducción del impacto de fenómenos como los huaicos durante las temporadas de lluvias intensas.
Mientras algunos voluntarios llenaban baldes y otros buscaban los pequeños plantones entre las piedras, Faviana observaba una escena que ha visto repetirse desde el nacimiento de la asociación en 2021.
“Me mueve muchísimo ver a personas de todas las edades que suben con voluntad y bajan la montaña con baldes de agua. estoy agradecida con todas las personas que han venido a las siembras y a los riegos desde 2021«.
Faviana Deglane
En las faldas del Chachani, donde el crecimiento de una queñua puede medirse en apenas centímetros por año, los resultados tardan en verse. Pero para quienes regresan una y otra vez con baldes de agua a cuestas, cada pequeño brote representa la posibilidad de que algún día vuelva a existir el bosque que la montaña perdió, aunque no puedan verlo con sus propios ojos.
Por: Hibria Mendoza.

