La ya aprobada «Ley Anticine» generó un fuerte debate en nuestro país, pues su aplicación pondría en riesgo el financiamiento de producciones independientes y la libertad creativa de los cineastas. En un país donde el arte ha sido clave para documentar la historia y cuestionar el poder, surge la pregunta: ¿A quiénes incomoda el cine peruano?

El cine como vigilante y memoria social
El cine peruano ha sido una herramienta poderosa para narrar lo que otros medios prefieren callar. No solo refleja la realidad, sino que la interpreta, la enfrenta y la denuncia. En ese contexto, la «Ley Anticine», promovida por la parlamentaria Adriana Tudela, generó alarma en la comunidad cinematográfica y cultural, al poner trabas al acceso a fondos estatales y restringir las posibilidades de producción.
A pesar de estas preocupaciones, el Congreso aprobó el Proyecto de Ley 3258, ignorando las advertencias de expertos y cineastas. Esta legislación, diseñada sin considerar las opiniones técnicas del sector, impone restricciones que ponen en riesgo la sostenibilidad del cine independiente y dificultan la producción de obras que cuestionen el statu quo.
Susel Paredes, una de las voces críticas dentro del Congreso, denunció que esta iniciativa afectaría especialmente al cine regional, el cual ha crecido exponencialmente en las últimas décadas y ha permitido que nuevas narrativas emergan desde las provincias. Por su parte, la directora Rossana Díaz Costa, responsable de «Un mundo para Julius», calificó la ley como un atentado contra la libertad de expresión.
El cine como voz de lo silenciado
En Perú, películas como «La teta asustada» de Claudia Llosa o «Wiñaypacha» de Oscar Catacora han dado voz a comunidades marginadas y han expuesto realidades que el discurso oficial suele ignorar. Sin embargo, con restricciones ambiguas como las que plantea el artículo 13.3 de la Ley Tudela, se corre el riesgo de limitar la creación de películas que cuestionen el poder o expongan conflictos sociales, afectando la libertad de expresión y el derecho a una narrativa crítica.Sin financiamiento adecuado, proyectos como estos correrían el riesgo de no ver la luz.
La Asociación de Realizadores de Cine Peruano (RCP) advirtió que las modificaciones propuestas podrían condenar al cine independiente al olvido, ya que el modelo de financiamiento auto-sostenido es inviable para la mayoría de cineastas peruanos.
El arte y la memoria colectiva
El arte no solo entretiene, sino que construye memoria. No se limita a contar historias, sino que las resignifica, las ilumina y las convierte en conciencia social. En un país con un pasado marcado por la violencia y la injusticia, el cine ha sido una herramienta de cambio.
Un mural, una canción de protesta, un documental sobre el conflicto interno pueden ser más contundentes que una cronología fría de hechos. La memoria se nutre de lo que nos impacta y nos remueve. Es por ello que restringir la creación cinematográfica es también una forma de censurar el derecho de la sociedad a conocerse a sí misma.
La batalla por la libertad creativa
Si esta ley hubiera estado vigente hace décadas, filmes como «Días de Santiago», «La Boca del Lobo» o «Magallanes» no habrían podido ser producidas. Películas que han retratado problemáticas sociales y políticas con una mirada crítica serían hoy, probablemente, proyectos frustrados.
La lucha por el cine independiente es también una lucha por el derecho a la memoria y a la reflexión. Un país sin cine es un país que elige olvidar, y un país sin memoria está condenado a repetir su historia. Defender la libertad creativa no es solo una cuestión de artistas, sino una causa de todos. Porque el arte, cuando es libre, no solo entretiene: educa, cuestiona y transforma.
Nota de: Maria Grazia Mendoza Torres