Antes de convertirse en el sabio de los discursos virales y las reflexiones filosóficas que inspiran a millones, Pepe Mujica contaba con las ideas imposibles en la cabeza y una vida que parecía escrita por Gabriel García Márquez después de un profundo descanso.
La mente inquieta de un veinteañero
Mujica hablaba como los muertos de Pedro Páramo: con voz grave, seca, que salía del fondo de la tierra. Era el tipo de muchacho que podía plantar una revolución y un vegetal con la misma convicción.
Entre los 16 y los 21 años, su universo se llenó de filosofía, historia y literatura. Al moldear su visión del mundo desde el fondo de su celda o en la clandestinidad de sus acciones.
“Tuve la suerte de que cuando fui muy joven, de los 16 a los 21, leí un disparate… Entonces, cuando estuve preso años después, empecé a rumiar lo que había leído.” Pepe No era un soñador ingenuo; era un soñador consciente de la grietas que el mundo tenía que cerrar.
¿Qué soñaba cambiar?
Para Mujica, una utopía era un pan que no seria compartido solo entre unos pocos y donde la gente no seria protagonista de postales de exportación.
“No quería ser presidente, ni héroe, ni mártir. Quería un mundo un poquito menos cruel.”
Cambiar el mundo, para él, no era tumbar gobiernos con armas, sino sacudir conciencias con palabras y acciones pequeñas, silenciosas, profundas. Por eso se volvió invisible, clandestino, y finalmente, semilla.

La cárcel y la clandestinidad: la fragilidad que se vuelve fortaleza
Los años de prisión serian su peor enemigo y su mayor maestro. Más de una década encerrado, siete de esos años sin leer un solo libro. Mujica no se dejaría llevar por la locura ni el silencio.
“Tuve que conversar mucho con el que llevás adentro, revisar, repensar, dar vueltas y pelear para no volverte loco.”
No es una metáfora: para sobrevivir a la locura, Mujica hablaba con su otro yo, construía herramientas de labranza en su mente y se entrenaba para cuando la libertad regresara. No perdió la cabeza, ni la fe. Perdió tiempo, sí. Pero lo transformó en algo más resistente que el odio: claridad.

Gracias, Pepe
Por tu coraje, tu humanidad y por enseñarnos que el cambio más profundo empieza en uno mismo.
Articulo de Angela Mendoza
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