Jamás fuimos tan esclavos de nuestras propias palabras ni tan ajenos al valor del silencio. Sin darnos cuenta, como si fuera un simple juego, hemos cedido nuestra privacidad hasta niveles que ni el más férreo comisario soviético habría imaginado. “La vida privada ha muerto en Rusia”, advertía Strelnikov en Doctor Zhivago. Pero aquello parece un juego de niños comparado con el actual vaciamiento voluntario de nuestra intimidad en la plaza pública digital. Hemos renunciado al control de nuestras palabras, y peor aún, a sus consecuencias.
Ejemplos sobran. Solo basta recordar cuando el Ministerio Público accedió a información personal del iPhone de Dina Boluarte. Entre chats privados, fotografías y documentos, se filtraron mensajes afectivos con un interlocutor identificado como “JOS”, lo que desató una investigación sobre presuntos beneficios indebidos. Aquel “te amo” que pudo haber sido escrito desde la intimidad más sincera, alimentó titulares, suspicacias y posibles delitos. Una conversación que jamás debió abandonar el ámbito personal, se convirtió en pieza clave del escándalo político.
Vivimos en una época donde ya nada que se diga es trivial, pasajero o meramente circunstancial. Las palabras ya no se las lleva el viento: permanecen, archivadas y disponibles, listas para ser reactivadas años después. En este mundo híbrido, donde lo digital y lo real conviven, todo es presente absoluto. Y aunque las ideas cambien, lo dicho queda.
Más preocupante aún es la normalización de esta vigilancia. Hoy no solo no somos dueños de nuestras palabras, sino tampoco de nuestras condiciones de privacidad. Las generaciones más jóvenes, en particular, parecen haber nacido sin noción alguna de límites. En redes sociales, es común ver capturas de pantalla de conversaciones privadas o perfiles de apps de citas ajenas, expuestos sin consentimiento. El escrutinio colectivo es constante. Un simple “buenos días”, editado con mala intención, puede ser motivo suficiente para una cancelación pública.
Y si el caso de Dina Boluarte ilustra cómo incluso la más alta figura del poder puede ser vulnerada, el del expresidente Martín Vizcarra no se queda atrás. Chats filtrados con la excandidata Zully Pinchi no solo revelaron supuestas infidelidades, sino que derivaron en cuestionamientos legales por no declarar un encuentro privado durante un viaje oficial. Lo íntimo se vuelve prueba judicial. Lo privado, escándalo político.
Muchos defienden esta transparencia extrema como un antídoto contra la hipocresía. Pero vivir en una casa de cristal no es libertad: es una forma de encierro. Y nosotros habitamos ya esa prisión invisible. Pedir contexto, cuando una palabra o una imagen se hace viral, es inútil. El juicio público no está dispuesto a matices ni a explicaciones.
La verdadera cuestión ya no es si somos o no esclavos de nuestras palabras —eso está fuera de duda—, sino cómo podemos reapropiarnos del silencio. En una sociedad construida alrededor de la imagen, donde todo se registra y se reproduce, callar es un acto de resistencia. Evitar el foro digital, no exponerse, dejar de opinar compulsivamente… eso, quizás, sea hoy el mayor lujo.
Pero dado que el anonimato se ha vuelto casi imposible, deberíamos al menos aprender a relacionarnos de manera más sensata con lo que decimos, y también con lo que otros dicen. Porque si nuestras palabras se han vuelto jaulas, es urgente encontrar el modo de volver a habitarlas con libertad y responsabilidad.
Redacción por Germain Soto

