martes, enero 13, 2026
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Pedro Paulet: el peruano que soñó con el espacio antes de que existiera la aviación

En Tiabaya, un distrito arequipeño de calles polvorientas y cielo inmenso, nació Pedro Paulet Mostajo el 2 de julio de 1874. Desde niño mostró una temprana fascinación por el fuego, las explosiones y la posibilidad de que algo se eleve. Sus primeros experimentos, precarios pero reveladores, los hizo en las fiestas populares: tubos de carrizo, pólvora artesanal y, a veces, algún ratón o insecto como tripulante improvisado. No era crueldad, era curiosidad. Paulet soñaba con llegar a la Luna  aún cuando nadie se atrevía a mirar tan alto.

Creció en medio de un país herido por la Guerra del Pacífico. Fue formado por un sacerdote francés que le inculcó fe, patria y razón. Devoraba libros de Julio Verne como De la Tierra a la Luna o Alrededor de la Luna, donde las máquinas fantásticas desafiaban la física y el sentido común. No eran ficciones para él sino eran planos de ruta. Como recuerda Álvaro Mejía, cineasta que investigó su historia, Paulet “amaba profundamente a Dios y a su país”.

Huérfano a los 19 años, cruzó el Atlántico con una beca del gobierno. Llegó a Francia y se inscribió en el Instituto de Química Aplicada de la Universidad de París, donde fue discípulo del célebre Marcelin Berthelot. Allí, entre frascos, humo y fórmulas, entendió que el futuro de la propulsión no estaba en las hélices ni en las alas, sino en los explosivos líquidos. Según diría más tarde:

“Me sedujo más que ninguna la obra del gran químico Marcelin Berthelot, sobre las fuerzas de las materias explosivas”.

Fue en 1895 cuando diseñó lo impensable: el primer motor-cohete de combustible líquido de la historia. Un cilindro metálico que funcionaba sin oxígeno atmosférico y podía operar en el vacío. Usó tetraóxido de nitrógeno, un combustible que, casi un siglo después, emplearía la NASA en sondas como Juno o el satélite peruano.

Aquel motor no era una teoría. Paulet lo probó primero en una rueda de bicicleta a la que adosó cohetes. Buscó varios detonantes hasta elegir las panclastitas de Turpin, explosivos líquidos de gran potencia. Regulaba la mezcla con precisión y provocaba hasta 300 explosiones por minuto. Un empuje de 90 kilos. Ciencia, no ciencia ficción.

Pero la modernidad incomoda. La policía de París lo detuvo por fabricar explosivos. El director del Instituto le prohibió seguir. Paulet, irónico y resignado, recordó:

“Y no pudiendo continuar los experimentos en mi hotel… me quedé con mi girándula motriz y las consecuentes aplicaciones hasta hoy”.

En 1901, ingresó al servicio diplomático peruano. Lo hizo por necesidad, pero esa carrera lo alejaría del taller y la creación. Años más tarde lo admitiría:

“No tanto por falta de tiempo y dinero, cuanto por la incompatibilidad… entre la situación de inventor y mi carrera en el servicio exterior”.

Y sin embargo, no dejó de soñar. En 1902, diseñó lo que llamó un “avión-cohete”. Sin hélices, con alas delta, una cabina metálica y despegue vertical. Lo describió tres décadas más tarde como anterior a la aviación conocida:

“Tal proyecto mío es por tanto anterior a la construcción de los modernos aeroplanos”.

Guardó en secreto sus avances. Las guerras eran frecuentes y sus materiales, peligrosos. Pero en 1927, envió una carta a El Comercio donde reveló públicamente su proyecto. El mundo se enteraba, por fin, de que un peruano había anticipado los principios de la astronáutica moderna.

Para entonces, los alemanes, sorprendidos tras la Primera Guerra Mundial, encontraron que alguien ya había soñado con la propulsión fuera del planeta. Pero Paulet no vendió sus ideas. No cedió sus planos. Mantuvo su invento fuera del alcance militar. Según Mejía, lo hizo porque “eran materiales altamente explosivos” y el peligro era real.

En abril de 1944, ya en Buenos Aires y como agregado cultural del Perú, ofreció su última entrevista. Fue publicada de forma póstuma, el 7 de julio de 1974, en El Comercio. En ella recordaba sus juegos de niño, su paso por París y el abandono forzado de su experimento:

“No hay peor fracaso para un cónsul o un diplomático que el de verlo entregado a proyectos al parecer quiméricos”.

Murió el 30 de enero de 1945, sin ver cumplido su sueño de ver una nave surcando el espacio. Pero su legado perduró en silencio.

Décadas después, en 1970, el periodista científico James H. Wild lo reconoció como precursor de la astronáutica. Y en 1946, el historiador Juan Maluquer habló de su motor como “un cohete de 2.5 kilos que producía 300 explosiones por minuto”.

Hoy, sus planos, maquetas y el célebre “autobólido” —su diseño de avión-cohete— descansan en el Museo Aeronáutico del Perú, en el Castillo Rospigliosi de Lima. Una de sus frases más célebres, dicha alguna vez a su hija Megan, sigue retumbando como una profecía íntima:

“Cuando seas grande y mi invento sea realidad, tú y yo viajaremos a la Luna. Y si por mi edad fuera a morir, tú seguirás mis pasos”.

Soñó con una Lima futurista, con el cerro San Cristóbal cubierto de rosas, visible desde el espacio. Y aunque no logró despegar, Pedro Paulet nos enseñó que el vuelo comienza siempre… en la imaginación.

Redacción por Germain Soto

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