Hace poco puse un disco. No apreté play en Spotify. No era una lista creada por el algoritmo. Lo saqué de su funda de cartón gastado, lo acomodé sobre el plato del tocadiscos y bajé la aguja con cuidado. Lo primero que sonó no fue una trompeta, ni un bajo, ni una voz: fue un crujido. Ese ruido seco, imperfecto, lleno de historia. Después vino la música.
Era Kind of Blue, de Miles Davis. Pero podría haber sido cualquier otro. Lo que importaba no era el tema ni el artista, sino el acto mismo de escuchar. Escuchar de verdad. No mientras uno cocina o contesta correos. No como fondo ni como ruido decorativo. Escuchar como quien entra a un lugar, se sienta, apaga el mundo y se queda ahí.
Hoy la música suena mejor —dicen—. Está más limpia, más brillante, más “alta fidelidad”. Pero no suena mejor. Suena diferente. Suena comprimida. Suena ansiosa. Suena igual. Lo mismo ocurre con nosotros: ya no oímos, solamente consumimos. Saltamos de canción en canción como quien cambia de canal sin saber qué busca. Y cuando algo no nos atrapa en cinco segundos, lo descartamos. Nada se deja madurar. Nada se deja habitar.
Antes había que girar el cassette con un lápiz, esperar a que terminara el lado A, darle la vuelta, encontrar la canción exacta a fuerza de paciencia. Ahora todo está a la mano y por eso, tal vez, ya no nos conmueve.
Esto no es nostalgia hueca. No es “todo tiempo pasado fue mejor”. Es una forma de decir que, en algún punto, algo se perdió. Y que esa pérdida no tiene que ver solo con la calidad del sonido, sino con la calidad de la experiencia. Escuchar una canción era también una forma de detener el tiempo. De resistir el vértigo. Ahora todo es flujo. Todo es lista. Todo es velocidad.
Según un informe reciente de Statista, Spotify ya cuenta con más de 750 millones de usuarios activos en el mundo. Nunca antes tanta gente tuvo tanta música al alcance de un dedo. Y, sin embargo, rara vez la escuchamos de verdad. Lo que debería expandir nuestra relación con el arte la ha vuelto efímera. De fondo. Desechable.
No sé si el vinilo suena objetivamente mejor. Pero sí sé que exige una forma distinta de estar presente. No se puede llevar en el bolsillo. No se puede escuchar a escondidas en el transporte público. Pide espacio. Pide atención. Y, sobre todo, pide silencio.
Escuchar se volvió un acto automático. Abrimos la aplicación, elegimos por costumbre, dejamos correr lo que venga. Y cuando se acaba, empieza otra cosa. Y otra. Y otra. La música dejó de ser una obra para convertirse en un caudal interminable que no pide nada y, por eso, tampoco da demasiado.
La música era, alguna vez, un ritual. Ahora es una función. Le pedimos que nos acompañe, que nos entretenga, que nos distraiga. Pero rara vez le pedimos que nos hable. Tal vez porque ya no sabemos cómo se escucha algo que no fue diseñado para complacernos de inmediato.
Una vez puse un disco. No esperé que me sorprendiera. No quise que me salvara del aburrimiento. Lo puse y lo dejé sonar. Y cuando terminó, no quise otra cosa. Me quedé ahí, en el silencio posterior, escuchando cómo aún latía en el aire. Como si el tiempo —por una vez— no tuviera apuro. Como si aún supiéramos cómo habitarlo.
Redacción por Germain Soto

