José Carlos Mariátegui La Chira fue un hombre que vivió con intensidad cada año de su corta vida. Murió joven, con apenas 35 años, en Lima, en 1930, pero su pensamiento sobrevivió a gobiernos, modas y geografías. La historia lo inmortalizó en fotografías en blanco y negro, siempre delgado, siempre en una silla de ruedas. Pero nadie que se haya cruzado con sus palabras podría decir que era un hombre inmóvil.
La infancia lo marcó con el abandono de su padre. Junto a María Amalia La Chira, su madre, y sus hermanos, dejó la soleada Moquegua para mudarse primero a Lima y luego a Huacho. No tuvo acceso a una educación formal continua: un accidente y una enfermedad crónica lo inmovilizaron desde joven. Su cuerpo fue un límite; los libros, su escapatoria. En una época donde leer era privilegio, Mariátegui se formó solo, devorando textos que serían su verdadera universidad.
A los 15 años, ingresó al Diario La Prensa como “alcanzarrejones”, el más humilde de los puestos. Desde ahí, aprendió del mundo: manejaba información telegráfica internacional —el equivalente al internet de hoy—, lo que le permitió desarrollar una prosa informada y precisa. Según su nieto, José Carlos Mariátegui Ezeta, también aprendió francés de forma autodidacta, mientras pasaba largas temporadas en cama, postrado en la clínica Maison de Santé.
En 1919, partió a Italia, enviado como agente de propaganda periodística del gobierno de Augusto B. Leguía. Pero el viaje no era tan inocente: era, en el fondo, una forma elegante de exilio tras un artículo crítico publicado en La Razón. Llegó a Europa con la experiencia del cronista joven —firmaba como Juan Croniqueur— y con los ojos bien abiertos.
Italia hervía. La posguerra, el nacimiento del Partido Comunista Italiano y la irrupción del fascismo lo marcaron. En 1920, conoció a Anna Chiappe, su futura esposa, y también al marxismo, no solo como teoría, sino como forma de leer el mundo. Participó en el círculo de estudios del Partido Socialista Italiano y envió a El Tiempo sus agudas Cartas de Italia.
En 1922, se trasladaron a Berlín, y desde allí recorrieron Francia, Alemania, Austria, Hungría, Checoslovaquia y Bélgica, donde conoció de primera mano los movimientos obreros, las fracturas sociales y los nuevos vientos políticos de la posguerra. Regresó al Perú en 1923, decidido a fundar una revista y con ella una nueva visión del mundo.
En 1924, su salud se agravó. Le amputaron una pierna. La casa de Miraflores se convirtió en su refugio, y el cuidado de Anna Chiappe, en su fortaleza. Se mudaron al Jr. Washington, entonces llamado Washington Izquierda, donde hoy se encuentra la Casa Museo José Carlos Mariátegui. Allí nacerían sus cuatro hijos: Sandro, Siegfried, José Carlos y Javier.
A Anna le dedicó estas líneas en Poliedro (1926):
“Te elegí entre todas, porque te sentí la más diversa y la más distante. Estabas en mi destino. Eras el designio de Dios. Como un batel corsario, sin saberlo, buscaba para anclar la rada más serena. Yo era el principio de muerte; tú eres el principio de vida”.
En ese tiempo de dolor físico, pero lucidez plena, fundó la Editorial Minerva en 1925, y publicó La escena contemporánea, su primer libro. Pero el golpe mayor llegaría en 1928, con los 7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana, su obra capital, con portada de Julia Codesido. Un año más tarde, publicó su novela corta La novela y la vida.
Desde 1925, instalado ya en el Jr. Washington —donde se colocó la línea telefónica 2404—, Mariátegui trabajaba durante el día y recibía por las tardes a obreros, intelectuales y curiosos. Todos eran bienvenidos a conversar con él. Nadie salía indiferente.
En 1926, fundó la revista Amauta, una plataforma de cultura, arte, pensamiento político y debate. La dirigió hasta su muerte. Amauta no fue solo una revista: fue una red continental. Convocó a figuras como Alberto Hidalgo, María Wiesse, Luis E. Valcárcel, Antenor Orrego, Haya de la Torre, y a internacionales como Borges, Unamuno, Marinetti y Breton.
Amauta era también un proyecto viable económicamente. Implementó modelos de suscripción, canje, publicidad y accionariado, con socios como Raúl Porras Barrenechea, Julia Codesido y Ricardo Martínez de la Torre. Conectó Amauta con otras iniciativas como la Editorial Obrera Claridad, el quincenario Labor, el Partido Socialista del Perú y la Confederación General de Trabajadores. Lo que hoy llamaríamos un ecosistema de medios y pensamiento crítico, Mariátegui lo construyó hace casi un siglo.
El final llegó pronto. En noviembre de 1929, su casa fue allanada por órdenes del gobierno de Leguía. En marzo de 1930, fue internado en una clínica. Y el 16 de abril de 1930, José Carlos Mariátegui murió.
Murió sin moverse de su silla, pero con la certeza de haber sacudido al país entero.
Hoy, su pensamiento vive en el Archivo José Carlos Mariátegui, dirigido por su nieto, con acceso libre y público. Como lo define Mariátegui Ezeta:
“Un archivo infinito, tal como es su pensamiento”.
Y es que Mariátegui no fue solo un intelectual: fue una conciencia encendida. En apenas dos décadas de vida activa, construyó una obra que aún interroga, incomoda, inspira. Pensó el Perú desde el Perú, pero también desde Berlín, Roma, París. No dejó de mirar el mundo. Y desde esa silla, donde lo fotografiaron por última vez, se proyectó más lejos que muchos que pudieron caminar.
Redacción por Germain Soto

