martes, enero 13, 2026
HomePublicacionesArtículosLa guerra sigue, aunque el arte grite

La guerra sigue, aunque el arte grite

Hace poco volví a ver El cazador, la película de Michael Cimino. Es una obra visualmente deslumbrante, pero retrata algo profundamente perturbador: la experiencia de los soldados estadounidenses en la guerra de Vietnam. El resultado es un malestar estético, intenso y oscuro. Me quedó dando vueltas la idea de que las grandes películas bélicas suelen ser, en realidad, denuncias de la guerra. Lo mismo ocurre en la literatura. Camino a la perdición, Sin novedad en el frente, Gallipoli: después de sumergirse en estos relatos sobre hombres emocionalmente devastados y físicamente mutilados, resulta imposible imaginar que la guerra pueda ser una empresa justificable.

Yossarian, el piloto de bombardero que protagoniza la novela Trampa 22 de Joseph Heller —ambientada en la Segunda Guerra Mundial—, se hace siempre la misma pregunta cada vez que despega para atacar objetivos enemigos y se enfrenta al fuego antiaéreo: ¿por qué esos extraños quieren matarlo? Al final, una guerra se resume en eso: individuos anónimos intentando eliminar a otros individuos igualmente desconocidos, en un contexto tan distorsionado que esas muertes son legalizadas. Salvo contadas excepciones, no se consideran crímenes.

Hay una disparidad evidente entre la cantidad de conflictos armados y la abrumadora producción de películas y libros que cuestionan, directa o simbólicamente, la lógica bélica. ¿Tendríamos aún más guerras si esas obras no existieran? ¿Funcionan como válvulas de escape para mitigar, aunque sea un poco, la furia humana? No tengo una respuesta clara. De cualquier modo, todo indica que quienes toman decisiones militares no se sienten particularmente conmovidos por ellas: el último reporte del Índice de Paz Global, publicado en junio, señala que hay actualmente cincuenta y seis guerras activas en el mundo, la cifra más alta desde la Segunda Guerra Mundial.

Kurt Vonnegut, autor de Matadero cinco, una novela sobre el bombardeo aliado a la ciudad alemana de Dresde, escribió en Cronomoto: “Una misión plausible de los artistas es hacer que la gente aprecie estar viva durante al menos un corto período de tiempo”. En El Arbol de la Vida de Terrence Malick , un soldado le pregunta al personaje interpretado por Sean Penn si alguna vez se siente solo. Él responde: “Sí, solo cuando estoy rodeado de otras personas”. Cada vez que escucho esa frase, siento una gratitud silenciosa por seguir vivo, porque esa línea —sin conocernos— parece hablarnos de frente, con una honestidad que atraviesa.

Y eso es exactamente lo que las guerras y sus promotores no hacen: no solo eluden mirarnos, sino que también nos arrebatan la mirada. Nos dejan ciegos, aislados, desconectados.

Redacción por Germain Soto

También te puede interesar: Las películas de terror: ¿una forma encubierta de propaganda cristiana?

Publicaciones
Publicaciones relacionadas