
Durante siglos, la mujer ha sido concebida como musa, impregnada en innumerables obras de arte y literatura, pero casi siempre desde una mirada masculina. Su presencia ha sido constante como imagen, inspiración o símbolo, pero escasa como voz, como autora, como creadora de sentido. Encontrar obras literarias escritas por mujeres ha sido históricamente difícil y, en el Perú, esta dificultad se profundiza aún más; se vuelve casi un acto de arqueología cultural en el sur y en territorios marcados por un arraigo machista persistente.
Mujeres escritoras siempre existieron. Nunca fue ausencia, fue invisibilización. Sus nombres no ocuparon vitrinas ni catálogos, no formaron parte del canon ni de las referencias académicas. A lo máximo que podían aspirar era a una palmada en la espalda, a un reconocimiento íntimo y silencioso. Durante décadas, las literatas fueron relegadas por círculos de varones que concentraron el poder simbólico y material de la cultura, tejiendo una cadena que se reprodujo de generación en generación.
En los últimos años, al observar esta ausencia sistemática, surgió una pregunta inevitable: ¿dónde están las mujeres que escriben? ¿Por qué nunca me hablaron de ellas ni en el colegio ni en la universidad? La búsqueda fue personal y política. Así llegué a nombres como Gloria Mendoza y Lourdes Paqoricona, dos mujeres puneñas: una poeta, la otra historiadora. Paradójicamente ambas tuvieron que caminar a contracorriente para publicar.
Las respuestas que ellas y otras mujeres dieron se repiten como una herida común: el matrimonio me consumió, los hijos me consumieron. Aun así, luché por mis sueños y aquí están mis creaciones. Esta realidad no es individual, es estructural. La escritura, la creación y el tiempo propio fueron históricamente un privilegio masculino.
Esta desigualdad se replica en otros lenguajes artísticos. En la dramaturgia, en los guiones cinematográficos y en la escritura audiovisual en el Perú, la presencia femenina sigue siendo mínima. En los últimos años han comenzado a aparecer más mujeres, pero el número continúa siendo alarmantemente bajo: menos de quince nombres reconocidos en los círculos de poder cultural. El tiempo ha pasado, pero también ha despertado a muchas otras que caminaron diez veces más fuerte para que su obra pudiera ser vista y leída.
Esta reflexión se agudizó para mí durante una experiencia en la Muestra Nacional de Teatro. En ese contexto, se volvió tendencia “dar espacio” a las mujeres. Los hombres —tan correctos y supuestamente deconstruidos— hablaban por nosotras. Presencié obras escritas por varones que abordaban temas como violaciones sexuales, menstruación y otras experiencias profundamente femeninas. Temas que solo una mujer puede escribir desde el cuerpo y la vivencia.
La puesta en escena revelaba con claridad la mirada machista: cuerpos expuestos, morbo, desnudos injustificados, ausencia de cuidado hacia el público. Esto resulta especialmente violento en una sociedad donde muchas mujeres —por no decir casi todas— hemos atravesado algún tipo de abuso. Sentí cólera y tristeza al constatar que incluso las historias sobre nuestros cuerpos y dolores continúan siendo narradas desde una mirada masculina.
Las letras, en sus distintas formas —literatura, dramaturgia, guión audiovisual— siguen estando mayoritariamente en manos de los hombres. Ellos prefieren hablar de la otra, porque está de moda, antes que mirarse a sí mismos y confrontar sus propias problemáticas. Se les enseñó a ser supuestamente fuertes, a no mirarse por dentro. Una verdadera deconstrucción masculina aún está pendiente y, para que ocurra, probablemente falten muchos años.
Mientras tanto, el llamado es urgente y necesario. Mujeres escritoras: agarren un lápiz y un papel. No se necesita más. Escriban. Ocupen el espacio, nombren el mundo desde su mirada, incomoden, sanen, transformen. Yo, desde este lugar, seguiré buscando, leyendo, sosteniendo y creando literatura, obras de teatro y películas hechas por mujeres.
Sobre la autora:
Guadalupe Victoria Estofanero Zúñiga (Chaska) es escritora, guionista, dramaturga y directora escénica peruana, creadora de proyectos que dialogan con la memoria, la espiritualidad andina y las prácticas comunitarias del altiplano puneño. Es fundadora y directora de la Asociación Cultural Chaska Ñawi, plataforma dedicada a la creación artística, el registro sonoro y la formación cultural con enfoque territorial.
Ha desarrollado obras escénicas como Layqa y los mundos ocultos y El legado de ellas, ganadoras de Estímulos Económicos del Ministerio de Cultura, con giras nacionales e internacionales. En el ámbito sonoro, creó el podcast Ella es de Papel, reconocido por su trabajo de registro comunitario. En cine, es creadora del piloto de serie PAQASQA y del cortometraje Alma vieja, ambos premiados. Además, es ganadora del fondo Iberescena.
Su trabajo ha circulado en Perú, Bolivia, Chile, Argentina y Colombia, articulando arte, territorio y comunidad como eje central de creación.

En colaboración con: Pancarta.pe.

