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Aprendí el feminismo en la vida: Cuando crecer significa incomodar

En esta columna escrita a propósito del 8 de marzo, la autora reflexiona sobre cómo muchas mujeres aprenden el feminismo lejos de la teoría y cerca de la experiencia: en la familia, en relaciones abusivas, en la violencia cotidiana y en las desigualdades que atraviesan la vida de las mujeres en el Perú.

Ser mujer no debería ser una experiencia marcada por el aprendizaje del dolor. Sin embargo, para muchas de nosotras lo ha sido. El feminismo, al menos para mí, no llegó desde los libros ni desde los debates académicos. Llegó desde la experiencia: desde el miedo, desde la humillación, desde las injusticias pequeñas y grandes que se acumulan hasta que una mujer entiende que lo que le ocurre no es un hecho aislado, sino parte de algo mucho más profundo.

Este 8 de marzo escribo desde esa conciencia: la de haber aprendido el feminismo en la vida, en la calle. Con el tiempo he notado algo curioso: cada vez les caigo menos a los hombres. A amigos, a colegas, a antiguos amores. Y no lo digo desde el resentimiento, lo digo desde la libertad.

Porque he aprendido que cuando una mujer empieza a poner límites en su trabajo, en sus relaciones, en su cuerpo o en su forma de vivir, inevitablemente incomoda. Incomoda porque rompe un orden que muchos hombres aún consideran natural.

Mi acercamiento al feminismo ha sido imperfecto. No nació de la teoría ni de la academia. He leído algunos textos y tratado de comprender algunas ideas. Por ejemplo, Teoría King Kong, de Virginie Despentes, un texto directo que intenta desmontar muchas de las estructuras que sostienen la desigualdad de género. Sin embargo, muchas veces sentí que ese tipo de reflexiones no encajaban completamente con mi contexto latinoamericano, ni mucho menos peruano.

También encontré aproximaciones más cercanas a través de textos y publicaciones de editoriales independientes como Aletheya, con el libro Zarela, que reflexionan sobre el lugar de la mujer en ciudades como Arequipa, mostrando tanto la memoria de la Arequipa antigua como las tensiones que todavía existen en esta ciudad tan de doble cara.

Y sí, esos acercamientos son vagos; deberían hasta darme vergüenza, pero quién sabe… podrían ser un buen inicio, ya que me ayudaron a pensar. Pero, si soy honesta, mi aprendizaje más profundo para este contexto nunca va a venir de los libros.

Vino de la vida.

Aprendí el feminismo mirando a las mujeres de mi familia.

Cuando entendí que crecí atravesada por la maternidad en soledad y por la escasa participación de un padre en la crianza y en la responsabilidad afectiva, descubrí que no era casualidad. Era estructura. Aprendí del feminismo cuando, en la práctica, me crié sin padres. Aprendí que ese patrón tenía raíces profundas y que no dependía solo de decisiones individuales.

Aprendí a perdonar a mi madre.

Aprendí el feminismo de la forma más dolorosa: en una relación abusiva.

Confié mi inocencia y mi afecto a una pareja que me maltrató en todas las formas penadas por la ley. Hubo sufrimiento, hubo humillaciones, hubo una destrucción constante de mi autoestima.

Durante mucho tiempo no supe ponerle nombre a lo que vivía. Pensaba que el problema era yo. Me culpaba por todo. Ese silencio no fue casual: fue un silencio sostenido por el entorno; por amigos que miraban hacia otro lado, por una familia que quizá no quería que se sintiera avergonzada, por una cultura que normaliza la violencia y por mi propia incapacidad de entender que lo que estaba viviendo era abuso.

Salir de ese lugar fue uno de los procesos más difíciles de mi vida y también uno de los que más me enseñó.

Aprendí el feminismo también mirando hacia atrás.

Con el tiempo también aprendí a mirar mi propia historia con más claridad. Aprendí que muchos hombres de más de 40 años que se acercaban a mí cuando yo apenas tenía 20 no tenían las buenas intenciones que yo creía. En ese momento lo interpretaba como interés, admiración o incluso afecto. Hoy entiendo que muchas veces era otra cosa: una relación profundamente desigual donde la experiencia, la edad y el poder jugaban a su favor.

A los 20 años una todavía está descubriendo quién es. A los 40, ya se sabe muy bien lo que se hace. Y esa diferencia importa.

Aprendí el feminismo cuando intentaron destruir mi reputación.

Aprendí el feminismo cuando difundían comentarios sexuales sobre mí para desprestigiar mi imagen y mi pudor en mi trabajo.

Aprendí el feminismo cuando en la calle me han agredido múltiples veces.

Aprendí el feminismo cuando lloré más de una vez por hombres que consideraba amigos.

Y también aprendí algo que muchas mujeres reconocen: hay hombres que dicen admirar la libertad femenina, pero solo mientras puedan controlarla. Quieren mujeres libres para mirarlas, para presumirlas o para poseerlas. Pero cuando esa libertad se ejerce de verdad, entonces aparece la incomodidad.

También aprendí un nuevo concepto: el pacto patriarcal.

Ese acuerdo silencioso entre hombres que les permite protegerse entre ellos, sostener privilegios y esperar que las mujeres pidamos permiso.

Permiso para hablar.
Permiso para opinar.
Permiso para avanzar.

A veces ese pacto aparece cuando “socios”, “amigos” o “colegas” esperan reconocimiento constante de mi trabajo, como si ellos me hubieran parido, pagado los estudios o me hubieran dado permiso para existir.

También aprendí a cuestionarme a mí misma.

Aprendí que muchas veces las propias mujeres reproducimos las mismas lógicas: podemos ser duras con otras mujeres porque también fuimos educadas dentro de ese sistema.

A todas aquellas mujeres que pude haber lastimado en el pasado, les pido perdón.

También existen hombres que quieren cambiar.

He conocido hombres que cuestionan su propia educación, que reflexionan sobre sus privilegios y que intentan cambiar. Lo he visto en amigos cercanos y, como dijo mi padre, “los hombres vivimos en un contexto muy violento”.

El feminismo también es contexto.

El 8 de marzo no puede entenderse igual en todos los lugares del mundo. No somos Europa. Nuestra realidad es distinta. En América Latina, y particularmente en Perú, las mujeres enfrentan violencias atravesadas por la pobreza, el abandono, el abuso sexual y la violencia intrafamiliar. Las cifras lo demuestran.

Según datos del ENDES 2024, el 53.2 % de mujeres entre 15 y 49 años ha sufrido violencia física, psicológica o sexual por parte de su esposo o conviviente. Y hay otra cifra que debería indignarnos profundamente.

De acuerdo con el informe Brechas de Género 2025 del INEI, 12 niñas quedan embarazadas cada día en el Perú. En menores de 15 años, estos embarazos constituyen violencia sexual. Detrás de cada número hay una historia. Una infancia interrumpida. Una niña obligada a convertirse en madre (preguntémonos qué opina Renovación Popular al respecto).

Por eso aprendí algo que ya no puedo ignorar.

El silencio nunca será una respuesta.

Hablar también es una forma de luchar.

Levantar la voz puede ser un camino solitario.

Pero también puede ser un camino que se construye en comunidad.

Por mis primas.
Por mis futuras sobrinas.
Por mis alumnas.
Por si algún día tengo hijas.
Por las niñas que hoy no tienen los privilegios que yo tuve.

Porque cuando una mujer ya tiene herramientas para ayudar, también tiene la responsabilidad de hacerlo.

Este 8 de marzo no escribo desde la perfección ni desde una teoría.

Escribo desde la experiencia y, claramente, desde el dolor que ya está sanando.

Aprendí el feminismo en la vida.

Y sigo aprendiendo.

Sobre la autora:

Sol Farah Luna Castillo. Comunicadora con especialidad en Relaciones Públicas por la UNSA, con maestrías en Comunicaciones (PUCP) y en Gerencia Estratégica de Recursos Humanos (UNSA), se desempeña como docente de posgrado en la UCSM y docente en la Escuela Profesional de Ciencias de la Comunicación de la UNSA. Dirige la Asociación Cultural Entre Líneas, reconocida por el Ministerio de Cultura, fue beneficiaria de apoyos del MINCUL en 2021 y es ganadora de la Beca Gestora Cultural UNESCO 2025, cursando un diplomado en Gestión Cultural. Ha asesorado planes de comunicación para instituciones públicas y privadas, lidera procesos de capacitación en la Macro Región Sur, es coordinadora y coautora del libro Ser Comunicadora, 20 voces de la comunicación, integra el equipo de la Fundación Territorial NOSXOTROS y fue responsable de comunicación del proyecto nacional de desconcentración del depósito legal en la Biblioteca Nacional del Perú.

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