martes, enero 13, 2026
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Las películas de terror: ¿una forma encubierta de propaganda cristiana?

Cuando se piensa en cine cristiano con fines propagandísticos, la mayoría recuerda títulos como God’s Not Dead o Left Behind, que critican sin sutilezas al mundo secular mientras recaudan cifras millonarias. Sin embargo, existe otro género que, de manera menos evidente, reproduce una agenda proselitista: las películas de terror.

Cada año, el mercado cinematográfico se inunda con thrillers sobrenaturales que, aunque previsibles e incluso cómicos en algunos casos, siguen una estructura conocida: una niña —casi siempre— juega inocentemente con algún objeto vinculado al “mal” (una tabla Ouija, por ejemplo), es poseída por una entidad demoníaca y finalmente es salvada por un sacerdote que, tras luchar con sus dudas de fe, redescubre el valor de creer.

No todas las películas de terror promueven el cristianismo, desde luego. Existen algunas que critican abiertamente a líderes religiosos. Sin embargo, muchas obras que abordan lo sobrenatural refuerzan la idea de que lo no cristiano es oscuro, peligroso o maligno (The Conjuring, The Rite), representan otras religiones como siniestras (The Wicker Man, The Exorcist, Sinister) o reproducen profecías bíblicas como certezas inminentes (Legion, The Omen). Incluso aquellas que no tienen referencias religiosas directas suelen hacer alusiones morales al castigo por consumo de drogas, sexo prematrimonial o comportamientos considerados “indecentes”.

Crecí en una familia católica, creíamos firmemente en la “guerra espiritual”: la idea de que ángeles y demonios nos rodean constantemente, luchando por nuestras almas. En ese contexto, películas como Drácula de Bram Stoker se percibían como portales a la posesión demoníaca. Ahora, como adulto agnóstico, noto que el mensaje que promueven muchas de estas películas no difiere mucho del que recibía en la iglesia: Satanás está en todas partes y la única protección válida es la Biblia. Bajo esa lógica, no sorprendería que padres cristianos permitan a sus hijos ver estos filmes como si fueran versiones “cool” de Schoolhouse Rock!

Pero la pregunta de fondo es: ¿los productores lo hacen con una intención evangelizadora, o simplemente se apoyan en referentes culturales ampliamente reconocidos para causar miedo?

Según el académico Hector Avalos, profesor de estudios religiosos en la Universidad Estatal de Iowa, muchas de estas películas constituyen propaganda cristiana explícita. Para él, títulos como The Omen tienen un propósito similar al de The Passion of the Christ de Mel Gibson: ambos buscan propagar un mensaje religioso claro. “Muchos cineastas creen en el mensaje de sus películas. El miedo es una herramienta misionera. La idea de que el mal es real, y que la religión —en especial el cristianismo— es la única salida, es el núcleo de muchas de estas narrativas”, afirma Avalos.

El caso de The Conjuring

The Conjuring (2013) como ejemplo de una historia que aparenta ser objetiva, pero en realidad promueve una visión profundamente cristiana del mundo. Al final de la película —basada en hechos supuestamente reales— se incluye una frase del “investigador paranormal” en quien se inspira la historia:

“Las fuerzas diabólicas son formidables. Estas fuerzas son eternas y existen actualmente. El cuento de hadas es real. El diablo existe. Dios existe. Y para nosotros, como personas, nuestro destino depende de cuál decidimos seguir”.

Warner Bros. incluso promocionó la película entre comunidades religiosas. Chad Hills, coescritor de la secuela, declaró al Christian Post:

“El Conjuro 2 es una historia contada desde la perspectiva de los creyentes, cuya arma más poderosa es la fe en Dios. Nuestras películas permiten que creyentes y no creyentes vivan esa experiencia, con la esperanza de fortalecer la fe de quien esté al borde de creer”.

Sin embargo, no todos coinciden en que estas narrativas constituyan propaganda. No es necesariamente propaganda. Los cineastas recurren a un imaginario cultural compartido. Saben que el público entiende los conceptos de pecado, virtud, infierno y redención. Los tropos religiosos funcionan bien como recurso narrativo porque son culturalmente familiares

Esa es una observación válida, pero plantea otra inquietud: ¿de dónde proviene esa familiaridad cultural? Es posible que la raíz esté en la infancia, una etapa en la que la religión y el miedo son absorbidos sin cuestionamiento. Niños criados con relatos bíblicos sobre el demonio o advertencias sobre el ocultismo difícilmente serán escépticos ante una película sobre posesiones o exorcismos. Y esa vulnerabilidad emocional puede ser aprovechada —intencionalmente o no— como un vehículo de adoctrinamiento.

El Rito y otras piezas

Creo que una parte del encanto del cine de terror radica en replicar esa sensación de asombro infantil. Por eso muchas películas siguen usando símbolos como agua bendita, crucifijos y exorcismos. Pero como adulto, cuando una película afirma estar “basada en hechos reales” y presenta fenómenos sobrenaturales como pruebas de la existencia de Dios, resulta difícil no percibirla como condescendiente.

Los creyentes suelen argumentar que ciertos hechos inexplicables —una posesión en la que una niña sin educación habla latín, o una casa que sangra con inscripciones como “666”— prueban lo divino. Pero la mayoría de estas “historias reales”, como las de The Exorcism of Emily Rose o The Amityville Horror, han sido desmentidas o puestas seriamente en duda.

El impacto de estas narrativas va más allá del entretenimiento. Mientras celebro obras magistrales como The Witch (2015), no puedo ignorar que su premisa —que las brujas del siglo XVII sí sacrificaban niños para Satanás— valida indirectamente las masacres puritanas. Lo mismo ocurre con documentales como Saving Africa’s Witch Children, donde se muestra cómo niños fueron torturados o asesinados tras ser acusados de brujería por influencia de misioneros evangélicos.

Y no olvidemos los casos de personas con enfermedades mentales que, durante siglos, fueron sometidas a exorcismos en lugar de recibir atención médica. ¿Qué sigue? ¿Una película en la que los inquisidores españoles son héroes por quemar herejes?

¿Qué miedo estás financiando?

La próxima vez que consideres pagar por ver otra película sobre casas embrujadas, posesiones o tableros Ouija, piensa en qué ideas estás validando. ¿Por qué estas representaciones siguen siendo aterradoras? ¿Qué visión del mundo estás reforzando cada vez que te sumerges en este tipo de horror “espiritual”? Tal vez, en lugar de solo buscar una descarga de adrenalina, también sea momento de cuestionar lo que estás financiando.

Redacción por Germain Soto

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