martes, enero 13, 2026
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Laura Meneses: la científica peruana que eligió luchar por la libertad

Desde temprana edad, Meneses parecía estar destinada a trascender. En Arequipa, mientras otros niños jugaban, ella sorprendía a sus padres, Juan Rosa Meneses del Pino y Emilia del Carpio Tupayachi, con una curiosidad insaciable. La vida, que suele ser caprichosa con sus elegidos, la llevó desde los claustros universitarios de Lima hasta los pasillos históricos de Harvard, y de allí, sin preverlo, al corazón ardiente de una lucha por la independencia que no era la suya —aunque la haría suya hasta el final.

Se formó en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, donde obtuvo su bachillerato en Ciencias Naturales en 1913 y el doctorado en 1918. Fue ayudante de cátedra y, en una época donde la presencia femenina en la academia era excepcional, ella brilló con luz propia. Pero no era suficiente. En 1920, se convirtió en la primera latinoamericana admitida en el Radcliffe College, la entonces escuela para mujeres de la Universidad de Harvard. Allí, se preparaba para una carrera prometedora como investigadora en la floreciente industria farmacéutica de los Estados Unidos.

Todo parecía encaminado, hasta que un encuentro cambió el rumbo de su destino. En una conferencia del poeta indio Rabindranath Tagore, conoció a Pedro Albizu Campos, líder del movimiento independentista de Puerto Rico. Él quedó cautivado de inmediato; ella tardó un poco más. Pero el flechazo se consolidó y, en julio de 1922, se casaron por lo civil en Juana de Díaz, Puerto Rico. Al año siguiente, en junio de 1923, lo hicieron por la iglesia.

Dejó su carrera científica y abrazó la causa de su esposo con una entrega feroz. En una carta dirigida a su hija Laura Esperanza, fechada el 8 de enero de 1957 desde México, confiesa esa renuncia íntima:

“Yo viví desde que me casé en ese mundo que para no convertirse en espejismo demanda la oblación continua de nuestra personalidad. Para ello tuve que renunciar a mis necesidades más elementales, a mis caprichos; a mis deseos, a mis inquietudes. A lo único que no renuncié fue a mi alegría porque estaba al lado de tu padre, cuya grandeza ponía en evidencia la superficialidad de todas las cosas”.

La ciencia quedó atrás, pero no la lucha. Convertida en una figura incómoda para los poderes coloniales, Laura fue despojada de su nacionalidad estadounidense —que había adquirido por matrimonio— y no pudo conservar la peruana, porque en esa época no se permitía la doble nacionalidad. Se convirtió en una despatriada, en una voz sin bandera que hablaba en nombre de un pueblo ajeno. Como tantos otros en tiempos de guerra y desplazamientos, tuvo que reinventarse en el exilio.

México fue su primer refugio. Allí coincidió con figuras como Fidel Castro y el Che Guevara en los días previos a la Revolución Cubana. Su apoyo a la causa le valió, finalmente, la nacionalidad cubana. Se convirtió así en la portavoz oficiosa de la independencia de Puerto Rico, llevando su mensaje a dondequiera que se le abriera un micrófono o una sala.

Carlos Maza, sociólogo e impulsor del proyecto “21 intelectuales peruanos del siglo XX”, resume con claridad su impacto:

“La importancia que tiene en nuestra historia es que se trata de una mujer de provincia, joven. Es la primera mujer en graduarse como científica en San Marcos, es la primera mujer científica del Perú […] Ella consigue algo extraordinario: es la primera latina en ser aceptada en la escuela para mujeres de la Universidad de Harvard. En aquellos tiempos la misoginia era cosa de todos los días, en todas partes”.

Laura murió en La Habana, Cuba, el 15 de abril de 1973, a los 79 años. Fue enterrada en el Cementerio de Colón, un lugar reservado para aquellos a quienes el país reconoce como propios. Su vida, sin embargo, no necesitó ciudadanía para alcanzar la grandeza. En otra de sus cartas a su hija, escribió con lúcida amargura:

“He vivido tanto que sé de todas las ingratitudes, de todas las cobardías y de todas las miserias. No me asombra eso, lo que me pasma, lo que me anonada es la magnitud de la perversidad que ahonda tanto en el hombre que no le deja lugar para la consideración de la muerte, ni para la contemplación de la Eternidad”.

Laura Meneses, la científica, la exiliada, la madre, la combatiente sin fusil, dejó en cada decisión la huella de una mujer que eligió no el camino cómodo de la academia, sino el difícil de la entrega. Una peruana que luchó por Puerto Rico, y cuya vida entera fue, como su ciencia y su amor, un acto de fe.

Redacción por Germain Soto

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