Nacida el 12 de marzo de 1868 en Hamburgo, llegó a un país que aún no se reconstruía del todo de las heridas del siglo XIX. Su infancia en el puerto chalaco estuvo colmada de anécdotas: una de ellas, imborrable, fue ver zarpar el Huáscar en su viaje final, de la mano de su padre.
La joven Dora era una devoradora de libros. Sus padres estimularon en ella una curiosidad que no dejaría de crecer. Si algo distinguió su vida fue la urgencia de saber, de entender y, sobre todo, de compartir ese conocimiento. Fue autodidacta hasta sus últimos días, y comprendió desde muy temprano que la lectura y la escritura podían ser formas de activismo.
La Guerra del Pacífico (1879-1883) terminó cuando ella tenía 17 años. Y como si la historia le marcara el paso, su adultez coincidió con la necesidad de reconstruir el país. Dora Mayer fue, desde entonces, parte de ese esfuerzo. No desde trincheras ni oficinas estatales, sino desde el pensamiento, la crítica, el papel y la palabra.
Antes de cumplir 30 años, ya había publicado su primera novela —A Life Contrast (1895), en Alemania— y a inicios del siglo XX se había convertido en columnista, donde abordaba temas políticos y económicos con una lucidez inusual para su época.
Pero sería en 1909 cuando su vocación humanista alcanzaría una de sus cumbres. Fundó, junto a Joaquín Capelo y Pedro Zulen, la Asociación Pro-Indígena, una organización pionera en la defensa de los derechos de los pueblos originarios del Perú. Entre 1912 y 1916, dirigió también la revista El Deber Pro-Indígena, órgano difusor de las ideas de la asociación. En una época dominada por el racismo y el clasismo, Mayer se atrevió a decir lo que pocos: que el indígena debía ser protagonista de su propia historia.
Con Zulen mantuvo una amistad intensa, luego fracturada por afectos no correspondidos. Aun así, su colaboración dejó huella en el pensamiento social peruano. También lo hizo su vínculo con Amauta, la revista de José Carlos Mariátegui, en cuyo primer número publicó un texto sobre las actividades de su asociación. Aun cuando Mayer y Mariátegui compartían ideales, también los diferenciaban matices esenciales. Mientras él creía en la revolución desde el proletariado, ella defendía que la transformación debía venir desde las propias comunidades indígenas, sin subordinaciones.
En 1940 participó en el Congreso Indigenista Interamericano en México, convencida de que los pueblos originarios eran la base de una nación verdaderamente progresista. “El indígena —creía— no era solo una víctima, sino un actor fundamental de la producción, del trabajo y del porvenir peruano”.
Su defensa de los sectores excluidos no se limitó solo a los indígenas sino también trabajó con la comunidad china residente en el Perú, a la que accedió a través de su labor como profesora de inglés. En un contexto marcado por el racialismo —una forma de racismo supuestamente “científico”—, denunció con firmeza las jerarquías impuestas por el color de piel o el origen étnico. Mayer no reconocía superioridades: en sus textos, todos merecían igualdad y dignidad.
También reflexionó sobre el lugar de la mujer en una sociedad profundamente corrupta. Su visión, aunque conservadora a la luz del feminismo actual, fue audaz para su tiempo. Defendía un “feminismo maternal”: basándose en que la mujer, desde su rol en la familia, debía liderar un cambio ético y social. Temía que, al ingresar al espacio público, las mujeres terminarían integrándose a un sistema podrido sin lograr cambiarlo. “Uno de los temores de Mayer era que una mujer, como individuo, se inserte en el sistema político corrupto sin generar una transformación. Es a partir de la visión colectiva de la familia, donde la mujer tiene que liderar y reformar éticamente a su esposo”, explica el filósofo Joel Rojas, compilador de sus textos esenciales.
En esa línea, trabajó junto a Miguelina Acosta Cárdenas, abogada y activista, con quien dirigió la revista La Crítica (1917-1929), enfocada en temas como el feminismo, el sindicalismo y los derechos indígenas.
Sus palabras, hoy casi un siglo después, siguen resonando. En uno de sus textos de 1926 —La mentalidad de las épocas— escribió: “Hay libertad —una libertad amplia y nueva— una ausencia completa de frenos […] ¡Comercio! ¡Todos quieren comercio!”. Era un grito de alerta sobre un mundo que corría detrás del mercado olvidando los valores.
Dora Mayer murió en 1958, pero su vida sigue siendo una lección sobre compromiso, interculturalidad y pensamiento crítico. Pocas personas fueron tan adelantadas a su tiempo, y tan necesarias para el nuestro. A ella, como a muchas otras, la historia oficial la ha relegado. Pero al recordarla, escribimos también una parte olvidada del Perú.
Redacción por Germain Soto

