martes, enero 27, 2026
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César Vallejo: la vida, el humor y la herida

Dios no estuvo enfermo el día que nació César Vallejo. Fue un 16 de marzo de 1892 cuando Santiago de Chuco, un pueblo en las alturas de La Libertad, vio nacer al poeta que cambiaría la historia de la literatura peruana. A diferencia del estereotipo que lo retrata como un hombre siempre triste, dolido y hermético, Vallejo —dicen quienes lo conocieron— era alegre, bromista, dueño de un humor norteño que asomaba incluso en sus páginas más densas.

“Vallejo amaba la vida, se divertía. Hay el estereotipo del Vallejo triste, sufriente, pesimista, pero él tenía humor y era festivo”, asegura el poeta y crítico literario Ricardo González Vigil. Para él, el verdadero mensaje de Vallejo es otro: una apuesta por la vida, por el amor, por la solidaridad humana. “Es un canto sobre que la muerte va a ser derrotada. Invita a superar el dolor, es una utopía de la solidaridad humana”.

Vallejo admiraba a Charles Chaplin. Escribió obras cómicas como Colacho hermanos y desplegó ironía y sátira tanto en sus cuentos como en sus columnas periodísticas. Pero si hay algo que define su obra es la forma en que su raíz andina se fusiona con una mirada cosmopolita, moderna y libre de dogmas.

César fue uno de los hijos más ilustres de la llamada Generación del Centenario junto a  José Carlos Mariátegui, Haya de la Torre, Jorge Basadre y  Antenor Orrego. Todos compartieron un impulso: sacudir el Perú desde las letras y las ideas. A inicios de 1910, Vallejo ingresó a la Facultad de Letras de la Universidad de Trujillo, aunque las dificultades económicas lo empujaron a dejar sus estudios. En 1911 intentó matricularse en Medicina en la Universidad San Marcos, en Lima, pero no prosperó. Regresó entonces a Trujillo, retomó Letras y trabajó como profesor para costearse la carrera. En 1915 se graduó con una tesis titulada El romanticismo en la poesía castellana.

Por entonces ya integraba el mítico Grupo Norte, junto a Orrego, Spelucín, Garrido, Haya, entre otros. Más que una tertulia, eran una célula de pensamiento disidente. Un puñado de jóvenes decididos a pensar el país desde sus heridas.

Ese mismo año, publicó su primer libro: Los heraldos negros. La policía arrestó injustamente a Vallejo el 6 de noviembre de 1920, cuatro años después. Había vuelto a Santiago de Chuco para participar en las festividades patronales cuando se vio envuelto en un motín. Fue acusado de haber incitado una revuelta en la que murieron gendarmes. “Vallejo es inocente”, dice hoy Gladys Flores, directora del Centro de Estudios Vallejianos y responsable del fondo editorial del Poder Judicial. Según ella, el poeta no portaba armas ni disparó: asistió para pedir calma.

Vallejo fue apresado y permaneció 112 días en prisión, hasta el 26 de febrero de 1921. Desde la cárcel redactó alegatos jurídicos con los que defendió su inocencia. Lo apoyaron estudiantes, intelectuales y la prensa. Su liberación fue ordenada tras la presión de los medios y del entonces ministro de Justicia, Óscar Barrós. En 2007, el Poder Judicial reivindicó su nombre de manera oficial.

Trilce, su segundo poemario, lo escribió en parte durante su encierro. Un libro radical, vanguardista, incomprendido en su tiempo. González Vigil afirma que con Trilce, Vallejo se apropia “del clima de ruptura estética y cultural” de los años 20, pero desde una sensibilidad única. “Es muy peruano y a la vez muy universal”.

En 1923 partió a Europa. Vivió en París, pasó una temporada en España y nunca regresó al Perú. Allá fue periodista, traductor, novelista. También se acercó al marxismo, aunque no lo hizo como dogma. “Se burla de los marxistas dogmáticos”, recuerda González Vigil. “Vallejo invita a ir a lo esencial en las ideologías. Es un espíritu libre. En la literatura, no se somete a ninguna escuela”.

La etapa final de su vida, escribió poemas que hoy se agrupan bajo el rótulo de Poemas humanos, aunque él nunca los reunió como tal. En 1939, ya muerto, su viuda Georgette Vallejo publicó también España, aparta de mí este cáliz, un libro conmovedor que canta a la tragedia de la Guerra Civil Española y a la utopía aún posible.

Murió en París en abril de 1938, en uno de esos días que parecen confirmación poética de sus propios versos: “Me moriré en París con aguacero, / un día del cual tengo ya el recuerdo”. Fue enterrado lejos de su sierra, de sus amigos, de sus montañas. Pero su obra, inmensa, sigue viva. En cada verso, Vallejo sigue preguntando, dolido, humano, esperanzado, quién no ha tenido un hachazo en el alma.

Redacción por Germain Soto

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