
La Univesidad Nacional de San Agustín de Arequipa, una de las instituciones más emblemáticas del Perú y el sur, atraviesa momentos difíciles. En las últimas semanas hemos sido noticia, pero no por razones que quisiéramos celebrar. Una estudiante decidió quitarse la vida. Presentar este hecho como un episodio aislado no solo simplifica la tragedia, sino que impide mirar el contexto que lo rodea y comprender lo que realmente está ocurriendo con la salud mental de nuestros jóvenes.
Lejos de ser un caso excepcional, este hecho se inscribe en un contexto regional alarmante. De acuerdo con el informe sobre la situación de salud mental en adolescentes y jóvenes en el Perú, elaborado por la fundación internacional EMpower con el respaldo de la Anglo American Foundation, Arequipa es actualmente la región con la tasa más alta de suicidios del país, incluso por encima de Lima. Entre los adolescentes, el 22% ha tenido pensamientos suicidas y un 4% ha llegado a planificar su sucidio. Son cifras que evidencian una situación de riesgo que no puede seguir siendo minimizada.
Como docente, siento que ya no es posible seguir pensando que el estudiante llega al aula como una hoja en blanco dispuesta únicamente a aprender. Llega cargando historias, presiones económicas, violencia normalizada, duelos silenciosos y una constante sensación de incertidumbre. Esta realidad es aún más visible en una universidad pública, donde muchos jóvenes no solo estudian, sino que trabajan, sostienen hogares o viven en contextos de alta vulnerabilidad emocional y social.
En este escenario, la pregunta deja de ser sólo académica y se vuelve profundamente humana. No basta con dictar contenidos si no somos capaces de reconocer el contexto emocional que atraviesa a quienes aprenden.
Se nos pide que, como docentes, prestemos atención al entorno del estudiante. Sin embargo, pocas veces se discute si realmente estamos formados para hacerlo o si contamos con herramientas institucionales suficientes. Durante cinco o seis años compartimos aulas, pasillos y rutinas con nuestros alumnos. En ese tiempo se construyen vínculos, referencias y confianzas. Aún así, seguimos careciendo de un sistema de tutoría sólido, articulado y con respaldo profesional que funcione como una red real de acompañamiento. El propio diagnóstico regional advierte que, aunque Arequipa cuenta con servicios de salud mental, estos son insuficientes, están sobrecargados o no siempre llegan a tiempo.
Mucho se ha criticado el rol de la universidad y del docente. Y si, hay aspectos que debemos mejorar. Pero ante situaciones límite, la respuesta no puede reducirse a la búsqueda de responsabilidades individuales. Educar hoy exige empatía, escucha activa y una comprensión profunda del contexto emocional de quienes aprenden.
También es necesario reconocer algo que rara vez se menciona: el docente no es una figura inquebrantable. Trabajar con jóvenes implica ser, muchas veces, referente, inspiración y guía. Esa carga emocional es significativa. A ellos se suma el desgaste, la precarización laboral y la presión constante. No se puede exigir contención si no existe contención para quien educa.
Las evidencias son claras: la salud mental de nuestros jóvenes se está deteriorando cada vez más y Arequipa se encuentra en una situación de alerta. La violencia, el estigma y la falta de atención oportuna forman un círculo que empuja a muchos al límite. Pensar que esto no atraviesa a la universidad es una forma peligrosa de negación.
La respuesta pasa por asumir responsabilidades colectivas. Incorporar la salud mental como parte central del proyecto educativo, fortalecer sistemas de tutoría con formación real y articulación con profesionales especializados, crear espacios seguros de escucha donde pedir ayuda no sea motivo de vergüenza y cuidar a quienes nos cuidan, incorporando programas de bienestar emocional para docentes.
Educar también implica cuidar. Implica entender que detrás de cada matrícula hay una historia y que detrás de cada historia hay una vida que merece ser acompañada con responsabilidad y dignidad. Si la universidad aspira a formar profesionales íntegros, debe asumir que ninguna excelencia académica es posible cuando el dolor permanece invisible. Porque la educación no sólo transmite conocimiento: también puede convertirse en una red de apoyo que sostenga, oriente y, en momentos críticos, marque la diferencia.
Sobre la autora
Sol Farah Luna Castillo. Comunicadora con especialidad en Relaciones Públicas por la UNSA, con maestrías en Comunicaciones (PUCP) y en Gerencia Estratégica de Recursos Humanos (UNSA), se desempeña como docente de posgrado en la UCSM y docente en la Escuela Profesional de Ciencias de la Comunicación de la UNSA. Dirige la Asociación Cultural Entre Líneas, reconocida por el Ministerio de Cultura, fue beneficiaria de apoyos del MINCUL en 2021 y es ganadora de la Beca Gestora Cultural UNESCO 2025, cursando un diplomado en Gestión Cultural. Ha asesorado planes de comunicación para instituciones públicas y privadas, lidera procesos de capacitación en la Macro Región Sur, es coordinadora y coautora del libro Ser Comunicadora, 20 voces de la comunicación, integra el equipo de la Fundación Territorial NOSXOTROS y fue responsable de comunicación del proyecto nacional de desconcentración del depósito legal en la Biblioteca Nacional del Perú.


