
El velatorio no olía a flores, sino a esa mezcla espesa de alcohol barato y resignación que se adhiere a la ropa en los funerales prematuros. Mientras los familiares intentaban diluir el dolor en aguardiente y los vecinos murmuraban oraciones que nadie escuchaba realmente, un intruso rompió la atmósfera sagrada del duelo.
No era la muerte, esa ya había llegado días atrás. Era un periodista.
Entró con la urgencia de quien tiene un horario de cierre, cargando su cámara como si fuera un arma, buscando, estoy segura, el ángulo más vendible de la tragedia. Necesitaba «la nota» para el noticiero matinal. Sus ojos no veían personas, veían minutos al aire. Mientras los arreglos florales seguían llegando y el llanto de los parientes inundaba la sala, él insistía, inmune al dolor ajeno, pescando declaraciones en un mar de silencio.
De vez en cuando, los asistentes se acercaban al ataúd. Se persignaban, balbuceaban un Padre Nuestro y, durante unos segundos, le hablaban a la madera como si esperaran que el cuerpo inerte dentro de ella decidiera levantarse. Pero el silencio del cajón siempre ganaba. Finalmente, se resignaban y se despedían.
Es imposible no quebrarse ante esa derrota. Sentí las lágrimas descolgarse por mi cara, no por el cadáver presente, sino por el recuerdo vivo que me asaltó de golpe.
La última vez que lo vi, «El Mono» corría por el patio del colegio. Tenía esa sonrisa pícara, de dientes blancos y perfectos que brillaban como nácar en contraste con su piel oscura. Llevaba el uniforme escolar —pantalón café, camisa blanca— y esa casaca celeste de cierre blanco que lo protegía del frío de Tacna. A sus diez años, era un niño de alma indomable, un terremoto de energía que sacaba de quicio a los profesores, quienes, incapaces de contenerlo, terminaban sonriendo ante su vitalidad.
Nadie lo llamaba por su nombre. Era «El Mono» para todos, y él llevaba el apodo como una medalla de honor. Se trepaba, saltaba, vivía a otra velocidad. Ese apodo era su carta de presentación al mundo.
De pronto, un objeto negro y frío invadió mi campo visual, perturbando la memoria. El micrófono del periodista estaba frente a mi rostro. Lo odié con una intensidad que desconocía.
—¿Cómo te sientes? ¿Cómo lo recuerdas? —preguntó, con la voz impostada de quien ha hecho esa pregunta mil veces.
Me tomó desprevenida. ¿Qué se supone que debe declarar una adolescente en casos como estos? Era la primera vez que la muerte me rozaba la piel. Nunca antes había visto un ataúd tan de cerca; tenía miedo, un miedo paralizante y absurdo. No supe qué responder. Mi silencio no le servía.
Antes de que pudiera insistir, un grito desgarrador partió el aire.
Era una mujer mayor, de trenzas largas y gruesas, envuelta en manto y pollera negra. No era solo un llanto; era el sonido de algo rompiéndose para siempre. Era su mamita.
El periodista, con el olfato de un depredador que detecta la sangre fresca, me abandonó al instante. Dirigió su lente hacia la madre que aullaba por su wawa, su primogénito, su único hijo. El dolor de esa mujer nos arrasó a todos como una ola; pero al reportero solo le importó haber encontrado, por fin, lo que buscaba: la imagen perfecta de la desolación para su nota.
A la mañana siguiente, la realidad se redujo a un cintillo en la pantalla del televisor mientras tomaba el desayuno antes de ir al colegio:
“Niño muere en pozo de regadío. Tragedia en el distrito La Yarada-Los Palos. Un menor de 10 años falleció la tarde del miércoles 13 en el sector Los Palos tras caer a un pozo mientras jugaba. Pese a que un vecino logró rescatarlo y trasladarlo al centro de salud, llegó sin vida”.
Leí las letras blancas sobre el fondo rojo del noticiero y pensé en la ironía. El reporte hablaba de un accidente, de un descuido, de un pozo. Pero yo sabía la verdad: al «Mono» no lo mató el agua. Lo traicionó su propia inocencia, esa misma que le hacía creer que el mundo era un patio de juegos eterno, donde la muerte no existía.
Sobre la autora:
Mery Ramos Choque es comunicadora social por la Universidad Nacional Jorge Basadre Grohmann, artista profesional con mención en teatro por la Escuela de Formación Artística Pública Francisco Laso, egresada de la maestría en Gestión y Políticas Públicas (UPT), especialista en Gestión Cultural (MALI). Tiene más de 7 años de experiencia en comunicación institucional y gestión de proyectos culturales en el sector público y privado. Coautora de los libros: “Tierra Afro: Memorias del proceso” (2021) y “Ser Comunicadora: 20 voces de la comunicación” (2024).


