La confección del poncho triteño es un proceso artesanal que ha sido transmitido de generación en generación. Incluye etapas como la selección de la lana, el teñido con pigmentos vegetales, el tejido en telar de cintura y el uso de motivos inspirados en la cultura Chachapoyas. Se trata de un trabajo colectivo donde las mujeres de la comunidad juegan un rol central, conservando técnicas ancestrales y transmitiéndolas con dedicación.
Más allá de su uso como abrigo, el poncho cumple una función social significativa. En Trita, se regala en momentos clave de la vida familiar, como el matrimonio, el nacimiento de un hijo o durante las festividades patronales. Tradicionalmente, una joven tejía su primer poncho como obsequio nupcial para su futuro esposo, y cada hijo recibía uno nuevo al nacer. Estas prácticas reflejan una profunda conexión entre el tejido y los afectos familiares.
El poncho triteño, por tanto, no solo abriga el cuerpo, sino también la memoria, la identidad y el sentido de pertenencia. Su elaboración sigue siendo un símbolo de unión comunitaria y continuidad cultural.
Actualmente, la Asociación Agropecuaria Artesanal Las Emprendedoras de Trita, colectivo que impulsa esta tradición, participará por primera vez en la exposición-venta “Ruraq Maki, Hecho a Mano”, que se realizará del 18 al 29 de julio en la sede central del Ministerio de Cultura. Esta presencia permitirá dar mayor visibilidad a su trabajo y fortalecer su proyección hacia nuevas generaciones.
En Trita, donde viven cerca de 1,500 personas, el poncho es mucho más que una prenda: es una herencia viva que sigue tejiendo historias.
Con esta declaratoria, el país reconoce que en cada hilo del poncho triteño se resguarda no solo una técnica, sino una forma de vida que merece perdurar.
Redacción por Germain Soto

