martes, enero 13, 2026
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Cota Carvallo: la artista que pintó, escribió y soñó para los niños

No se puede hablar de arte en el Perú del siglo XX sin pronunciar su nombre en voz alta y con asombro. Cota Carvallo parecía estar hecha de múltiples pasiones que no competían entre sí, sino que se alimentaban unas a otras. Fue poeta, pintora, dramaturga, periodista, docente, caricaturista y compositora. Su vida fue un lienzo lleno de colores intensos, palabras sabias y canciones que aún resuenan entre páginas y recuerdos.

Nacida como Carlota Clara Carvallo Wallstein, heredó sus nombres de sus abuelas: Carlota y Clara. Era la primogénita del hogar formado por Armando Carvallo Argüelles, peruano de raíces portuguesas, y Eugenia Wallstein Müller, de origen húngaro. Sus primeros años transcurrieron en Huacho, ciudad costera donde el mar y los paseos a caballo formaron parte de su imaginario. Asistió a un colegio de monjas y fue allí donde, por primera vez, empezó a registrar su mundo interior. A escondidas de todos, comenzó un diario personal que la acompañaría durante toda su vida.

La literatura llegó a ella antes que la academia. Escribía comedias inspiradas en sus hermanas mellizas, Luz y Elena, y desarrollaba historias desde una sensibilidad innata. Su padre, atento a esa vocación temprana, la inscribió en clases de piano. Pero ni la música ni la palabra eran suficientes: el arte visual también la llamaba.

Fue en el balneario de Ancón donde descubrió el amor. Más tarde, a los 17 años, sus padres la llevaron a vivir a Barranco, donde empezó otra etapa clave: el ingreso a la Escuela de Bellas Artes de Lima, dirigida en ese entonces por Daniel Hernández y, posteriormente, por José Sabogal. Allí pulió su trazo, su mirada y su compromiso con la pintura. Se graduó en 1933 con las mejores calificaciones.

Un año después, el 27 de diciembre de 1934, se casó con el joven historiador y crítico literario Estuardo Núñez. Los testigos de su boda fueron nada menos que José Antonio Encinas y José Sabogal. Cota no solo ingresaba a una vida de pareja, también se integraba a una comunidad intelectual y artística que marcaría su obra.

Durante sus viajes por Arequipa, Puno y Cusco, se dedicó enteramente a la pintura, primero bajo la influencia del indigenismo. Sus obras se exhibieron en espacios como la Galería Lima, la Galería Pancho Fierro, el Instituto de Arte Peruano, y hasta en el Instituto Iberoamericano de Berlín. Con el tiempo, su estilo evolucionó hacia un lenguaje más surrealista y expresionista, donde la amistad con César Moro y Martín Adán dejó huellas indelebles.

El reconocimiento no tardó en llegar. En 1952, ganó el Primer Premio Ignacio Merino en pintura, y más adelante el Premio de literatura José María Eguren. Fue autora de obras teatrales como El monigote de papel y Oshta y el duende. En España, obtuvo el Premio Doncel por su obra infantil. A lo largo de su vida, publicó más de diez libros, y aún queda parte de su producción literaria y musical inédita, compuesta para sus hijos y nietos.

La maternidad no la detuvo. Fue madre de siete hijos, y en lugar de frenar su creación, esta se multiplicó. Desde cuentos infantiles ilustrados por ella misma hasta canciones y obras teatrales, Cota demostró que la creatividad no se opone al cuidado, sino que puede nacer de él. Su humor, su ternura y su talento la llevaron también al periodismo: fue caricaturista en revistas como Semanal, Hombre de la Calle y Limeña.

En 1974, fundó Urpi, una revista para niños que editaba semanalmente como suplemento del diario La Prensa. Desde allí, cultivó un vínculo profundo con sus lectores más jóvenes. A la par, fue profesora de secundaria en colegios como María Alvarado, Sagrados Corazones de Belén, San Jorge y Prescott, dejando una marca indeleble en generaciones de estudiantes.

La vida se le fue una noche. En marzo de 1980, a los 71 años, mientras dormía. Días antes, escribió en su diario una línea que parece presagiarlo todo:

“Si me muero, lo único que quiero es no darme cuenta. Creo que el fin ya se acerca”.

Así partió Cota Carvallo, silenciosa como el sueño, pero dejando una obra ruidosa de belleza, ternura, arte y convicción. Su legado aún espera ser descubierto por nuevas generaciones, porque en cada cuento, en cada trazo, en cada canción, hay un pedazo de país visto con ojos de mujer, madre y artista.

Redacción por Germain Soto

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