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Bajar la guardia. El lujo que las mujeres peruanas aún no nos podemos permitir

Desde Iquitos, una comunicadora reflexiona sobre la persistencia del acoso y la violencia contra las mujeres en el Perú. Entre la expansión de la vida digital y las realidades de la Amazonía, la modernidad tecnológica contrasta con prácticas sociales que siguen cuestionando la autonomía femenina y normalizando el acecho cotidiano.

Iquitos, 2026. La era moderna está a la vuelta de la esquina y nos está permitiendo conectar, crear y transformar realidades a través de un clic, con una facilidad antes impensable. Sin embargo, en un Perú tan magnífico y rico en cultura, biodiversidad y talento, esta misma libertad digital que democratiza la información nos ha expuesto a las mujeres a un nuevo y descarnado espacio de observación. Hoy, desde nuestras pantallas y nuestras calles, podemos ver con mayor claridad —y crudeza— cómo el acoso y el abuso persisten por parte de quienes aún se sienten dueños de la narrativa pública y privada del país.

Vivimos en una época que presume de vanguardia, pero en las calles, en las redes digitales y en los círculos sociales el reloj parece haber retrocedido. Para nosotras, el progreso real no se mide en gigabytes de velocidad ni en la sofisticación de los algoritmos, sino en la libertad de caminar por la acera o navegar por la red sin sentir que cada paso, cada publicación o cada silencio es una negociación constante con el acecho. Como comunicadora, pero sobre todo como mujer que habita desde hace cuatro años en la selva, escribo esto desde un cansancio que no se cura durmiendo. Porque, si en las ciudades que llamamos «avanzadas» el acoso persiste, lo que se vive en las ciudades en crecimiento y en las comunidades de nuestra Amazonía es una realidad de vulnerabilidad que muchas veces sobrepasa lo imaginable.

El cuerpo como territorio de opinión pública

En una ocasión, habitando una reunión amena que yo consideraba segura, un hombre adulto decidió que mi autonomía necesitaba una explicación. Ante mi negativa de beber un vaso de cerveza, su respuesta no fue el respeto, sino la intrusión: “¿Estás embarazada?”. En ese instante, mi «no» fue invalidado. Sentí que, para él, mi voluntad no era suficiente; necesitó una razón biológica para que mi decisión fuera aceptable ante sus ojos.

Aquel momento es el reflejo de una realidad sistemática que, al igual que yo, miles de mujeres enfrentan con un profundo e invisible malestar. No son incidentes aislados; son eslabones de una cadena de control que los registros oficiales confirman con crudeza. Entre 2024 y lo que va de 2026, el Perú ha reportado más de 187 feminicidios, la punta de un iceberg de violencia que se gesta en el escrutinio cotidiano de nuestras vidas. Pero hay una cifra aún más silenciosa y devastadora: en este mismo periodo, las denuncias por violencia sexual han superado los 32,000 casos anuales, de los cuales el 70 % afecta a niñas y adolescentes. Estas no son solo estadísticas en un informe; son vidas quebradas por la misma lógica de poder que le otorga a un desconocido el permiso de cuestionar el cuerpo de una mujer en una reunión social y en otros espacios supuestamente seguros.

El estigma de la disponibilidad en la Amazonía

Vivir en la Amazonía añade una capa de complejidad a esta lucha. Aquí, el clima dicta el uso de prendas ligeras, funcionales para el calor de nuestra región. Sin embargo, bajo la lógica distorsionada del machismo, nuestra vestimenta y una sonrisa amable son interpretadas erróneamente como una «invitación».

Esta distorsión se traduce en impunidad. En regiones de la selva como Loreto y Ucayali, las tasas de denuncia formal se mantienen por debajo del promedio nacional, no por ausencia de agresiones, sino por las barreras geográficas y el miedo a la revictimización en un sistema que muchas veces nos queda lejos. Mientras la modernidad digital avanza, nuestras hermanas en las comunidades siguen enfrentando el acecho sin herramientas de protección efectivas.

Un llamado a bajar la guardia

No podemos hablar de un Perú desarrollado mientras las encuestas en redes sociales sigan siendo vitrinas de críticas feroces hacia la mujer, donde se nos juzga bajo listas de «lo que ellos no toleran», como si nuestra existencia fuera un producto bajo evaluación constante. La violencia digital es hoy el nuevo terreno de caza: se estima que más del 40 % de las mujeres en espacios digitales han experimentado alguna forma de hostigamiento.

Hago un llamado a la verdadera deconstrucción. Entiendan que no queremos protección, queremos respeto. El acecho no es una broma; es el inicio de una cadena que termina en las estadísticas que hoy lamentamos. La verdadera modernidad no llegará con mejores dispositivos, sino el día en que una mujer pueda decir «no», vestir como el clima lo requiera o caminar sola por la selva o la capital sin que nadie invada su espacio. Es momento de que la sociedad avance al ritmo de su tecnología y nos permita, por fin, bajar la guardia.

Sobre la autora

Alejandra Doménique Zea es comunicadora social con mención en comunicación para el desarrollo por la UCSM y egresada de la maestría en Solución de Conflictos (USMP). Tiene 10 años de experiencia en organizaciones públicas y privadas. Actualmente es facilitadora de desarrollo territorial en Plan International Perú. Fue especialista en comunicación en Piura, Lambayeque y Loreto, gestionando proyectos de emprendimiento y empleabilidad juvenil, salud sexual y reproductiva, gestión de riesgos y respuesta humanitaria. Implementó iniciativas de protección de la niñez con enfoque de género e inclusión. Experta en comunicación estratégica y fundraising, dirigió la agencia Medusa Creativa. Voluntaria en Kumpay y coautora de “20 voces de la comunicación”.

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