HomePublicacionesEntrevistasArwa Mahdawi en el Hay Festival: feminismo, liderazgo y un periodismo que...

Arwa Mahdawi en el Hay Festival: feminismo, liderazgo y un periodismo que cuestiona las narrativas dominantes

La periodista británico-palestina explora cómo las voces marginalizadas se abren paso entre narrativas dominantes, cómo la infancia absorbe desigualdades y cómo el liderazgo, el feminismo y el periodismo pueden convertirse en herramientas para cuestionar el poder.

Arwa Mahdawi es una periodista y columnista británico-palestina del diario The Guardian, donde escribe sobre feminismo, poder, política y cultura. Es autora del libro Strong Female Lead (Liderazgo femenino fuerte), en el que analiza, con ironía y lucidez, cómo el patriarcado influye en las estructuras de liderazgo. Su trabajo combina una mirada crítica con un enfoque global, abordando temas de justicia social, lenguaje y representación mediática.

Se realizó esta entrevista el marco del Hay Festival Arequipa 2025, originalmente en inglés y traducida al español para esta publicación. En ella, Mahdawi reflexiona sobre el poder de la palabra como forma de resistencia, sobre cómo se construyen las voces que desafían las narrativas dominantes y sobre la necesidad de reclamar espacios en los que nuestras experiencias no queden ser relegadas a los márgenes.

En tu libro «Strong Female Lead», desarrollas ideas y conceptos sobre liderazgo, cuestionas el modelo de la “mujer fuerte” como una versión maquillada del liderazgo patriarcal. Desde tu perspectiva, ¿cómo podemos distinguir un discurso de empoderamiento realmente transformador de aquel que solo reproduce los códigos de poder que afirma combatir?

— La manera en que comentamos sobre lo que es liderazgo es muy importante, porque no podemos resolver ninguna de las crisis que enfrenta el mundo sin resolver , si cuando vemos las miradas implícitas que tenemos acerca de “¿qué es lo que hace a un buen líder?” pensamos en un “macho” que tenga la autoridad y algunas ideas erróneas que se ven representadas  en Dunal Trump y por eso fue elegido, pero esas no son las cualidades de un buen líder, ser un buen líder significa tener cooperación, empatía, generosidad. Necesitamos que realmente trabaje con las personas. Tenemos que repensar en las ideas sobre liderazgo, y darnos cuenta que las mujeres no tenemos que liderar como los hombres, tal vez son los hombres que tienen que liderar como las mujeres y cuando digo esto yo no creo que haya diferencias fundamentales entre los hombres y las mujeres, pero desde muy temprana edad a las mujeres se les socializa de una manera  muy diferente a los hombres y lo veo en mi hija, ella tiene 4 años, cómo las ideas de género se empiezan a filtrar dentro de ella y cómo a las niñas se les recompensa de manera diferente que a los niños, por ejemplo a los niños se les dice “tienes que hablar alto” y a las niñas “tienes que sonreír”. Entonces, muchas de las formas en que se construyen nuestras comunidades parten de una idea de liderazgo en la que ciertas cualidades son etiquetadas como debilidades, cuando en realidad representan fortalezas.

Has podido observar modelos educativos tanto en Palestina como en América Latina. ¿Qué debería cambiar en la educación de niñas y niños? ¿Qué ejes temáticos deberían incorporarse en los materiales educativos para fomentar la equidad y asegurar que todas las voces sean escuchadas y respetadas?

— Es sorprendente ver lo temprano que se moldean las ideas sobre lo que se espera de una niña o un niño. Yo misma intento criar a mi hija con la certeza de que puede ser lo que quiera, pero los mensajes culturales se filtran por todas partes. Recuerdo que un día dejó caer una taza y dijo que ese era “trabajo de mamá”. Tenía cuatro años y ya había interiorizado un guion que no aprendió en casa, sino en el mundo. Incluso cuando creemos haber avanzado, los juguetes, las películas supuestamente progresistas y las conversaciones cotidianas continúan reforzando estereotipos de género.

Por eso, creo que la educación debería centrarse en desnaturalizar esos estereotipos que se instalan desde edades absurdamente tempranas, enseñar a cuestionar lo que se presenta como normal y valorar la inteligencia emocional tanto como el rendimiento académico. Sí, hoy vemos un esfuerzo mayor para que las niñas no estén limitadas a las muñecas y los niños no solo a los camiones; hay un avance, sin duda. Pero las fuerzas sociales que moldean a los niños desde muy pequeños son profundas y persistentes. Combatirlas requiere constancia y un trabajo educativo que vaya más allá de los gestos simbólicos, porque es algo verdaderamente insidioso que exige vigilancia y compromiso continuo.

Desde tu experiencia como activista feminista, ¿consideras que el feminismo global ha aprendido realmente a escuchar las voces del sur o continúa observándolas desde marcos occidentales? ¿Cómo construir un feminismo plural que no caiga ni en la apropiación ni en la fragmentación?

— Esta idea sobre el “feminismo dominante” que se centra en que las mujeres debían llegar “a la cima”, ocupar puestos de poder, “romper techos”, es un enfoque que no tomaba en cuenta a todas las mujeres que sostenían ese camino: las niñeras, las trabajadoras del hogar, las mujeres que hacen el trabajo que permite que otra mujer esté en una oficina o dirija una empresa. Ese feminismo nunca fue realmente universal; estaba pensado, sobre todo, para mujeres blancas y privilegiadas, y dejaba de lado las experiencias de mujeres de piel más oscura, tanto en Estados Unidos como en Francia.

Con el tiempo, muchas cosas empezaron a cambiar, aunque también hubo retrocesos. Y lo que vemos hoy es que, sin importar si estamos en Perú, en Estados Unidos o en cualquier otro país, las mujeres enfrentamos problemas muy similares. Esa sensación de que nuestras luchas están conectadas es cada vez más evidente, y necesitamos aprender unas de otras. Recuerdo muy claramente algo que pasó en 2014, en Francia, cuando muchas mujeres blancas insistían en que la brutalidad policial o el uso excesivo de gas lacrimógeno eran “asuntos de Estados Unidos”, hasta que finalmente lo vivieron ellas mismas en las protestas. Ahí se dieron cuenta de que estas experiencias no eran exageraciones ni historias ajenas.

Por eso es tan importante mirar lo que ocurre en otros lugares. Lo que sucede en Estados Unidos tiene paralelos en India, donde la prensa está siendo capturada; o en Hungría, donde el sistema democrático está cediendo. Durante mucho tiempo, especialmente en Estados Unidos, hubo esta idea de que estaban por encima de lo que pasaba en otros países, como si nada de eso pudiera tocarles. Pero eso está cambiando ahora. Se siente un giro muy fuerte: la comprensión de que lo que ocurre afuera importa, de que no existe ningún país inmune, y de que necesitamos prestar atención a las experiencias de otras mujeres, porque ahí también están las claves de lo que estamos viviendo.

En el conversatorio “Conversaciones del Sur al Norte” se discutió sobre colonización, resistencia y narrativas impuestas. En ese contexto, ¿crees que la neutralidad es posible en el periodismo?

— La idea de objetividad periodística siempre me ha parecido una de las nociones más engañosas que se han creado. Y no es casual que haya sido formulada por hombres blancos con privilegios que asumieron que su mirada era la mirada universal. Ninguna persona es neutral: todas llevamos experiencias, historias y sesgos que inevitablemente influyen en cómo interpretamos el mundo. El trabajo del periodismo no consiste en fingir que esos sesgos no existen, sino en buscar la verdad, que no es lo mismo que presentar dos versiones como si tuvieran el mismo peso. Si una persona dice que está lloviendo y otra dice que no, tu trabajo no es citar ambas opiniones, sino salir y ver qué está pasando. El problema es que, en muchos temas, especialmente cuando se trata de Palestina, la prensa ha preferido un equilibrio aparente que tranquiliza a quienes están en el poder. La objetividad no existe; la verdad sí. Y es ahí donde debería estar nuestro compromiso.

Desde tu experiencia como periodista palestina, ¿qué costo personal implica sostener una voz crítica en contextos mediáticos que premian el conformismo?

— Ser crítico nunca ha sido sencillo. Ningún movimiento por la igualdad surgió porque quienes estaban en el poder decidieron ceder; siempre hubo resistencia, siempre hubo personas dispuestas a pagar un precio por decir lo que no se quería escuchar. Lo mismo ocurre con el periodismo: cuando dices algo incómodo para el poder, te enfrentarás a etiquetas, ataques y acusaciones. A Martin Luther King lo llamaron peligroso. A las mujeres que pedían derechos básicos las criminalizaron antes de celebrarlas décadas después. Defender la verdad en el momento exacto en que resulta impopular tiene un costo personal muy real. Pero la historia cambia constantemente, y lo que hoy se condena, mañana se reconoce como necesario. Entiendo por qué muchos periodistas evitan ese costo, pero también creo que, si quienes todavía podemos hablar no lo hacemos, entonces ¿qué queda?

En un escenario donde se denuncia censura en plataformas digitales y proliferan discursos negacionistas, ¿qué papel deberían asumir los medios frente a la desinformación, especialmente en la cobertura del genocidio en Gaza?

— Hoy atravesamos una crisis enorme de confianza: mucha gente ya no sabe qué creer, y eso no es casual. Las redes sociales han creado un entorno donde el contenido puede ser eliminado, silenciado o manipulado según intereses corporativos o políticos. En el caso de Gaza, hemos visto cómo se cuestionan imágenes de niños muriendo de hambre o testimonios de personas que reportan desde el mismo lugar, mientras se da credibilidad inmediata a voces que nunca han estado ahí. En momentos así, los medios necesitan revisar cómo están trabajando: escuchar más a quienes están en el terreno, proteger a los periodistas independientes que arriesgan la vida y dejar de depender exclusivamente de comunicados oficiales. Cuando quienes tienen poder controlan la narrativa, el trabajo del periodismo es prestar atención a quienes intentan ser silenciados.

Finalmente, en un entorno digital dominado por tendencias, entretenimiento y contenidos rápidos, ¿qué recomendarías para fomentar hábitos de lectura y análisis más críticos entre el público joven?

— Creo que las redes sociales han capturado nuestra atención colectiva; pasamos de una cosa a otra sin profundizar. Pero, al mismo tiempo, se han convertido en un espacio inesperado de politización. Mucha gente que nunca se consideró política ahora lo es, y no por la televisión, sino por TikTok o Instagram. Si alguien llega a interesarse por un tema a través de un video que parece trivial, no importa: lo importante es que llegue. Cada vez más jóvenes están informados, son críticos y son muy conscientes del poder, y eso es un cambio enorme. Si tuviera que dar un consejo, diría que siga la curiosidad.

Si algo te conmueve o te indigna, investiga un poco más, busca otras voces, escucha a quienes no conoces. Pensar críticamente es un hábito, y empieza por no aceptar de inmediato la primera versión que aparece en la pantalla.

Arwa Mahdawi propone una visión que une feminismo, liderazgo, educación y periodismo desde la experiencia y la crítica. Señala que un liderazgo real reconoce a quienes sostienen las estructuras del poder y que la educación debe cuestionar desde la infancia los estereotipos de género, fomentando igualdad y pensamiento crítico. En periodismo, Mahdawi cuestiona la idea de objetividad como neutralidad y subraya que la tarea del periodista es buscar la verdad, incluso frente a presiones o manipulación, visibilizando voces históricamente ignoradas. Su mirada invita a formar líderes conscientes, lectores críticos, sociedades capaces de escuchar y cuestionar.

Entrevista por Jessimiel Rosas

También te puede interesar: Rafia Zakaria en el Hay: una conversación sobre poder, origen y resistencia

Publicaciones
Publicaciones relacionadas