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La comunicación en las políticas públicas: nada sobre nosotrxs sin nosotrxs

Una experiencia de campo —de la autora— durante la pandemia terminó por rebelarle una falla estructural del Estado: las políticas públicas se diseñan sin escuchar a quienes viven en la vulnerabilidad. Este texto reflexiona sobre el rol de la comunicación en el ciclo de las políticas y plantea que el problema no es solo cómo se cuentan las decisiones, sino si las instituciones escuchan antes de tomarlas.

“Si no estoy en el padrón, ¿entonces para el gobierno no existo?”, me preguntó una adulta mayor cuando estaba haciendo trabajo de campo con mi equipo durante la pandemia. Vivía en extrema pobreza. Había perdido a sus cuidadores por el COVID-19 y dependía completamente del apoyo estatal para sobrevivir. No estaba pidiendo privilegios. Estaba pidiendo reconocimiento. Recuerdo que no lo dijo con rabia. Lo dijo con esa resignación de quien ya está acostumbrada a ser invisible.

En ese momento trabajaba en el Estado implementando una política de protección social dirigida a grupos especialmente vulnerables. Hacia afuera, la política era considerada innovadora: amplió transferencias, llegó a miles de personas, fortaleció la protección en un momento crítico. En los comunicados, todo sonaba claro: cobertura, alcance, protección.

Pero en el territorio la historia tenía grietas. Entre otras problemáticas, había personas que figuraban como elegibles sin necesitarlo. Y había otras, como ella, cuya vulnerabilidad era evidente, pero no existían en el padrón. Nunca habían sido reconocidas por el sistema. Y, por tanto, no podían ser atendidas.

Fue ahí cuando entendí algo incómodo: el problema no era solo administrativo. Era narrativo.

Frank Fischer sostiene que las políticas públicas no son simplemente decisiones técnicas, sino narrativas que definen qué es un problema, quién lo padece y qué solución es legítima. Antes del presupuesto, antes de la implementación, alguien ya contó una historia sobre la realidad. Y esa historia organiza lo posible.

La definición del problema no es una etapa menor. Es el momento en que se fija el encuadre: qué datos importan, qué voces se consideran relevantes, qué consecuencias son aceptables. Es allí donde la narrativa comienza a tomar forma.

Sin embargo, cuando hablamos de comunicación en el Estado, solemos ubicarla al final del camino. Una vez diseñada la política, recién pensamos cómo explicarla. Jim Macnamara ha mostrado que la comunicación estratégica en gobiernos tiende a concentrarse en la etapa final del ciclo: anunciar, promover, gestionar reputación. Es decir: practicar storytelling cuando la historia ya está cerrada.

En los últimos años, el storytelling se ha vuelto una palabra atractiva en el sector público. Humanizar cifras, contar casos de éxito, traducir lo técnico en relatos comprensibles. Y sí, contar mejor importa. Las historias conectan, organizan sentido, facilitan comprensión. Pero una narrativa no es solo una secuencia de hechos; es una trama que vincula actores, intenciones y consecuencias.

Y ahí aparece una práctica menos celebrada y más exigente: el storylistening. Escuchar las historias que ya circulan en la sociedad antes de definir el problema. Escuchar cómo las personas nombran su propia experiencia. Escuchar los miedos, las prioridades, las interpretaciones que no siempre caben en un formulario.

La evidencia sobre comunicación pública muestra que la credibilidad de los actores, la claridad del mensaje y los canales utilizados influyen en la implementación de políticas. Pero incluso esa evidencia suele concentrarse en la fase posterior: cómo lograr que una política ya diseñada sea comprendida y aceptada.

La pregunta más incómoda no es si la política fue bien comunicada.

Es si fue bien escuchada antes de existir.

Si las políticas públicas son historias institucionales sobre lo que necesita mejorar en una nación, la comunicación no puede limitarse a leerlas en voz alta cuando ya están impresas. Debería estar en el borrador, en las tachaduras, en las dudas que anteceden a la versión final. No solo narrar el desenlace, sino participar en la escritura.

No solo un altavoz, sino un espacio deliberativo.

Porque en democracia el poder no solo se ejerce asignando recursos. También se ejerce nombrando problemas. Y nombrar no es inocente.

Nombrar es elegir un encuadre.

Elegir un encuadre es decidir qué entra en la conversación y qué queda fuera.

Y eso es priorizar.

Y priorizar es decidir qué vidas son urgentes y cuáles pueden esperar.

Cuando la comunicación entra tarde, cuando solo se le convoca para “explicar mejor”, el Estado puede tener buenos mensajes, voceros entrenados y campañas creativas. Puede practicar un storytelling impecable. Pero si no hubo storylistening en el origen, su relato corre el riesgo de no dialogar con las historias que ya circulan en la sociedad.

No se trata de contar mejor lo que ya está decidido.

Se trata de escuchar antes de decidir.

Para quienes diseñan y toman decisiones en política pública, esto implica reconocer que la narrativa y la comunicación no son el barniz final del proceso, sino parte de su arquitectura.

Para quienes comunican, implica asumir que su rol no es únicamente traducir decisiones técnicas en lenguaje accesible, sino ayudar a abrir conversaciones incómodas cuando todavía es posible reconfigurar el problema.

Al final, toda política es una historia que el Estado cuenta sobre nosotros: quiénes somos, qué necesitamos, qué importa.

La cuestión es más simple, y más exigente, de lo que parece:

¿Esa historia fue escrita después de escucharnos?

¿O solo nos están informando cuando ya no queda nada por decidir?

Sobre la autora

Alexandra Alegría Sifuentes es comunicadora social con mención en Comunicación para el Desarrollo por la Universidad Católica de Santa María (Arequipa) y magíster en International Social and Public Policy (Development) por la London School of Economics and Political Science (LSE).

Cuenta con más de seis años de experiencia en comunicación estratégica y gestión pública, con énfasis en inclusión y derechos humanos. Ha trabajado en organismos internacionales, el sector público y la sociedad civil, liderando equipos de comunicación y procesos de articulación multisectorial en iniciativas de protección social y acceso a derechos a nivel nacional, regional e internacional.

Actualmente trabaja en la GIZ Perú implementando estrategias de comunicación para fortalecer el desempeño de las instituciones públicas en el marco del proceso de adhesión del Perú a la OCDE. Es docente de posgrado en Gestión Pública en la Universidad Científica del Sur, cofundadora de la ONG KUMPAY y coautora de Ser Comunicadora: 20 voces de la Comunicación.

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