Hablar con Josefina Jiménez es encontrarse con alguien cuya vida gira en torno a los libros como experiencias compartidas, más que como objetos aislados. Su trabajo en proyectos de lectura comunitaria y bibliotecas, que invitan a niñas, niños y familias a encontrarse con la palabra, demuestra una relación creativa con la lectura y la memoria. Ese entusiasmo por acercar lectores y escritoras es también el punto de partida desde el que nace su libro y da sentido a su escritura
«Candela» surge desde ahí. No es un libro pensado únicamente para la infancia, se presenta como una invitación abierta a distintas generaciones. Sus páginas apelan a ese niño que permanece en cada lector, al que recuerda un espacio protegido, una voz cercana, un gesto cotidiano que daba seguridad. La propuesta se sostiene en una escritura contenida y en ilustraciones cuidadas, precisas, que acompañan el ritmo del texto sin imponerse, construyendo una experiencia de lectura íntima y compartida.

«Candela» nace desde la memoria. ¿En qué momento sentiste que esos recuerdos podían convertirse en un libro?
—Con mi abuela paterna tengo muchos recuerdos, incluso me reconozco en ella de muchísimas formas. No tenía planeado dedicarle un libro, la verdad, aunque ella está presente en gran parte de mis historias. Yo había olvidado que escribí ese poema para ella y lo encontré, muy convenientemente justo en vísperas de su cumpleaños número 100, eso fue en agosto del 2024. Entonces creí que era una buena idea darle ese regalo por sus 100 años, ilustrado y en formato de libro álbum.
La figura de la abuela atraviesa toda la obra. ¿Qué representa para ti dentro de tu historia personal y cultural?
—Tal como dice el libro, ella fue como mi casa; con eso me refiero a que donde ella fuera yo iba a sentirme igual de cómoda y querida gracias a su compañía. Durante los años que compartimos juntas ella se mudó 4 veces y las casas que ocupó eran totalmente distintas, pero curiosamente ninguna me pareció mejor que la otra, todas olían delicioso porque ella amaba cocinar y hasta sus vecinos se acercaban a la ventana, yo me di cuenta de que esa era una gran forma de demostrar cariño y por eso me enseñó a hacerlo, se lo pedí cuando tuve que empezar a cocinar para mi hija. Mi abuela y yo conversábamos mucho y con los años me di cuenta de su sabiduría; eso todavía me enseña bastante.
¿Cómo dialoga el texto con las ilustraciones y qué buscabas que ellas transmitieran?
—En un libro álbum las ilustraciones no pueden ser complementarias del texto, sino que la narrativa visual debe ser potente y trabajar este proceso con un artista visual es muy rico, tiene que haber una conexión estrecha entre ambos. Para hace las ilustraciones invité a mi amigo Javier, porque es muy talentoso y siempre he admirado su trabajo, además hay mucha confianza con él. Nos reunimos varias veces para componer las imágenes, él tiene una estética particular con la que a veces no coincidíamos, pero con creatividad se solucionaron esas diferencias y hemos quedado satisfechos con el resultado. En «Candela» hay mucho de Arequipa, pero también de Tacna, Moquegua y Puno, que son regiones en las que ha vivido mi familia y yo he heredado sus tradiciones, estas imágenes representan también la construcción de una identidad familiar.

¿Cómo fue tu proceso creativo?
—Es uno de los tantos textos que escribo cuando voy en el bus, aquí en Lima las rutas son largas y agotadoras, entonces me refugio en las palabras, pero al bajar me olvido. Quiero recordar qué era exactamente lo que sentía cuando lo escribí y no me es posible, pienso que debió haber sido en alguno de sus cumpleaños. Llevarlo al formato de libro álbum no fue con la intención de llegar a un público infantil, que por lo general se asocia a la LIJ, lo hice pensando también en personas como ella, que me decía que le lleve libros con letras grandes porque a su edad ya casi no podía leer.
Aunque suele asociarse al público infantil, «Candela» interpela también a lectoras y lectores adultos. ¿Cómo entiendes esa convivencia de edades en la lectura?
—A mí me gusta explicar esto con una anécdota que tuve con mi hija hace bastantes años; yo siempre la he llevado a librerías y amaba leer cuando estaba pequeña, entonces cuando aprendió a leer, ella se iba por su lado y yo por el mío, para mí era una forma de descansar de maternar y disfrutar de un momento a solas. Un día ella vino siguiéndome por la librería, le dije que se vaya a ver los libros infantiles, que no tenía que estar por donde estaba yo y ella me contestó que los libros no eran para niños ni para grandes, que los libros eran para todos. Tuve que aceptar que era cierto y se me acabaron los minutos de silencio. Ella, que ahora es adolescente me ha explicado en la práctica cómo se produce esta convivencia, no solo por este episodio sino porque me ha acompañado en clubes de lectura que he facilitado para personas de diferentes edades y en algunas ocasiones, esa diferencia generacional se diluye.
Tu trabajo como gestora cultural ha estado muy ligado a la lectura comunitaria. ¿Qué conexiones encuentras entre esa experiencia y este libro?
—Como el libro ha salido recién, no he tenido muchas oportunidades para desarrollar alguna dinámica de lectura compartida de «Candela», pero siento que resuena no solo con niños y niñas para los que incluso podría parecer un poco complejo, sino con adultos. También hice una narración en voz alta para adultos mayores que se sintieron identificados con el texto y las imágenes de los paisajes del sur. Pienso que la ternura no tiene edad y, en líneas generales, es lo que produce en las personas que leen el libro o lo escuchan.
¿Qué te gustaría que se lleve consigo quien lea «Candela» por primera vez?

—Apelo a la nostalgia, que es lo que yo siento cuando me acuerdo de mi abuela. Esta palabra, etimológicamente, viene del griego nóstos (νόστος) que significa «regreso a la patria» o «vuelta a casa» y álgos (ἄλγος); que es «dolor» o «sufrimiento». Yo sé que eso suena bastante triste pero como ávida lectora soy consciente de que la nostalgia es un recurso importante para crear y pienso además que es un amortiguador emocional, porque nos ayuda a recordar que hemos sido queridos, que hay lugares importantes en nuestra vida y que la memoria es poderosa, afecta a todos nuestros sentidos y nos transporta, no solo al ver alguna foto, sino también al acordarnos de algún olor en particular, como en mi caso el del horno y el pan.
En «Candela», la figura de la abuela aparece como ese espacio al que siempre se vuelve, incluso cuando ya no está, y la cocina se transforma en una forma de herencia que se transmite entre generaciones. El libro deja la sensación de que recordar es una manera de sostener vínculos, de entender de dónde viene aquello que aún nos acompaña. Entre páginas, Josefina Jiménez construye un relato que permanece, como el calor de un horno encendido, mucho después de haber terminado la lectura, todavía queda Candela.

