HomePublicacionesArtículosClaribel Vera y la ternura invisible detrás de “Mamá Ekeko”

Claribel Vera y la ternura invisible detrás de “Mamá Ekeko”

A través del clown y de su propia experiencia, Claribel Vera construye un relato sobre la maternidad, el agotamiento y todas aquellas personas que aprenden a sostener a otros aun cuando también se sienten cansadas.

Mientras Claribel habla, un dinosaurio de plástico aparece debajo de una silla. Ella lo recoge casi sin mirar, como si el cuerpo ya hubiera aprendido a hacerlo automáticamente. A unos metros, Jadia corre por el pasillo persiguiendo algo invisible y el llanto breve de Mylan irrumpe desde otra habitación. Claribel hace una pausa mínima. El oído de una madre nunca abandona del todo ningún lugar.

En una esquina de Casa Artística Sueña hay narices rojas, telas de colores y maquillaje teatral. En otra, una mochila abierta deja ver pañales, ropa pequeña y un biberón a medio guardar. El teatro y la maternidad conviven así: mezclados, inspirándose uno al otro.

Salir de casa es fácil… hasta que eres mamá – dice ella, y se ríe con esa complicidad cansada de quien sabe que la frase no necesita explicación.

Salir dejó de ser solamente salir. Ahora significa revisar mochilas, cargar juguetes, volver sobre los pasos porque algo quedó olvidado y aprender a habitar un cansancio que nunca termina de irse. Hay días en los que el tiempo apenas alcanza para terminar un café caliente.

Ahí nació “Mamá Ekeko”.

No en una sala silenciosa ni en la tranquilidad de una mesa de escritura. Nació entre interrupciones, juguetes tirados en el piso y noches donde el cuerpo pedía descanso mientras la vida seguía ocurriendo alrededor.

Claribel habla de la obra como si hablara de una herida suave. No intenta romantizar la maternidad. Tampoco convertirla en tragedia. Lo suyo parece más cercano a mostrarla como realmente ocurre: Caótica, agotadora, profundamente amorosa y, a veces, absurdamente graciosa.

Entonces aparece el Ekeko.

Ese personaje andino pequeño y robusto que suele cargar sobre el cuerpo casas en miniatura, billetes diminutos, bolsas de arroz y promesas de abundancia. Claribel empezó a mirarlo distinto cuando entendió que las madres también viven cargando cosas invisibles.

No solamente cargan hijos.

Cargan miedo.
Culpa.
Sueño atrasado.
Preocupaciones silenciosas.

Pero también sostienen cosas hermosas: Los sueños de alguien más, la esperanza de un futuro distinto, la alegría diminuta de una risa infantil al final de un día imposible.

Hay amor… incluso en el agotamiento – dice.

Y la frase queda flotando en el espacio como si resumiera algo demasiado grande para explicarlo completo.

Porque hay un momento exacto en el agotamiento donde muchas madres parecen sacar fuerza de un lugar inexistente. El cuerpo ya no puede más, pero igual se levantan. Igual sostienen. Igual continúan.

Mientras habla, Claribel acomoda una tela sobre una silla y recuerda que antes de convertirse en mamá también fue “Hermana Ekeko”. Hubo años donde le tocó acompañar procesos difíciles de otras personas, sostener emocionalmente a quienes quería y aprender a ser fuerte aun cuando ella también estaba perdida.

Por eso “Mamá Ekeko” termina hablando de algo mucho más amplio que la maternidad.

Habla de la gente que sostiene.

La abuela que vuelve a criar cuando pensó que ya había terminado.
El padre que se traga el miedo para parecer refugio.
La hermana mayor que aprendió demasiado pronto a cuidar de otros.
El hijo que calla sus propias angustias para no preocupar a nadie.

Todos cargando algo invisible.

Quizá por eso el clown aparece en escena no como una forma de esconder el dolor, sino como una manera de atravesarlo jugando. Claribel tropieza, se desordena, se ríe de sí misma y convierte el caos cotidiano en algo extrañamente tierno.

El clown, dice ella, le enseñó a reconciliarse con el error. Y esa idea también atraviesa Casa Artística Sueña.

Hace años, junto a Ezequiel Chávez, llegaba desde Lima a Arequipa solo por temporadas. Daban talleres en espacios alquilados por horas. A veces cargaban materiales de un lado a otro mientras los niños esperaban para entrar a clase. Poco a poco las familias empezaron a volver. Los talleres se llenaban. La ciudad comenzó a hacerles espacio.

Entonces dejaron de venir. Y se quedaron.

Hoy, Casa Artística Sueña existe entre juegos, niños corriendo y adultos aprendiendo a perder el miedo a equivocarse. Aquí el clown no sirve solamente para hacer reír. Sirve para caerse sin vergüenza. Para mostrarse vulnerable. Para volver a jugar.

Mylan vuelve a llorar desde otra habitación.

Claribel interrumpe la conversación y camina hacia él sin apuro. Desde el pasillo todavía se escucha su voz.

Entonces uno entiende que “Mamá Ekeko” no termina cuando se apagan las luces del escenario.

Porque la obra sigue viva en todo lo que mamá sostiene fuera de él.

Por: Pamela Corahua.

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