La reciente denuncia de agresión ocurrida en el distrito de Yura, en la ciudad de Arequipa, volvió a poner sobre la mesa el tema de la violencia vinculada al entorno escolar. Christian Taruca Salazar, de 26 años, denunció haber sido agredido por un grupo de escolares y presuntamente por un docente de Educación Física cerca de una institución educativa de Ciudad de Dios. Como consecuencia, perdió dos piezas dentales y sufrió diversas lesiones que obligaron su traslado al Hospital Regional Honorio Delgado Espinoza.
Mientras las autoridades investigan las circunstancias del hecho, el caso ha reabierto una discusión que preocupa a especialistas y familias: ¿Qué está ocurriendo en los entornos educativos y cómo afecta esta situación al aprendizaje de los estudiantes? Según el Sistema Especializado en Atención de Casos de Violencia Escolar (SíseVe), Arequipa cerró el 2025 con 1.508 reportes de violencia escolar, superando los 1.308 casos registrados en 2024 y los 1.113 reportes de 2023. De ellos, 762 correspondieron a violencia psicológica, 501 a violencia física y 245 a violencia sexual.
La mayor cantidad de casos se registró en el nivel secundario, con 892 reportes, seguido de primaria con 529 e inicial con 69. Asimismo, los estudiantes fueron identificados como los principales agresores en 962 casos, mientras que 546 denuncias involucraron a personal educativo. Estos datos muestran un incremento de la violencia en las instituciones educativas de la región arequipeña.
Más que hechos aislados
Para Karola Lara Manchego, docente universitaria y exdecana nacional del Colegio de Periodistas del Perú, estos episodios no pueden analizarse únicamente como sucesos aislados.
«Estamos en una cultura de la intolerancia generada por odio, donde hay brechas bastante fuertes», señala.
Desde su perspectiva, la violencia responde a una combinación de factores sociales, familiares y educativos. Considera que la ausencia de comunicación dentro de los hogares, la limitada supervisión de los menores y la creciente exposición a contenidos digitales sin acompañamiento adulto están influyendo en la conducta de niños y adolescentes.
«La falta de comunicación, la falta de darle calidad de vida a los hijos y dejarlos solos frente a las pantallas hacen que pasen los límites, sin medir consecuencias ni respetar a los demás», afirma.
La docente sostiene además que la prevención no puede recaer únicamente en los colegios.
«Es un rol multisectorial entre los centros educativos, la familia y la sociedad para evitar esas brechas de violencia que afectan la salud mental de muchos estudiantes y familias», agrega.

Lo que ocurre detrás de una conducta agresiva
Desde la psicología, la especialista Luz León Huanca explica que las conductas violentas rara vez aparecen de manera repentina.
«Detrás de una conducta agresiva suelen existir múltiples factores que no siempre son visibles», señala.
Entre ellos menciona dificultades para regular emociones como la ira o la frustración, experiencias de violencia dentro del hogar, carencias afectivas, ausencia de límites claros y escasas habilidades para resolver conflictos de forma saludable.
La especialista advierte que tanto víctimas como agresores requieren atención.
Mientras las víctimas pueden desarrollar ansiedad, miedo constante, aislamiento social, disminución del rendimiento académico e incluso síntomas depresivos, los agresores suelen presentar problemas en el manejo emocional y dificultades para relacionarse adecuadamente con los demás.
«Explicar una conducta agresiva no significa justificarla, sino identificar sus causas para intervenir oportunamente y prevenir que vuelva a ocurrir«, precisa.

Cuando el miedo afecta el aprendizaje
Más allá de los golpes o agresiones visibles, la violencia escolar genera consecuencias directas sobre el proceso educativo. Según la psicóloga, cuando un estudiante percibe que la escuela ha dejado de ser un espacio seguro, su capacidad para aprender disminuye considerablemente.
«El miedo, la ansiedad y el estrés constante dificultan la concentración, la memoria y la participación en clase», explica.
Las consecuencias pueden reflejarse en ausencias frecuentes, bajo rendimiento académico, pérdida de motivación, aislamiento social y problemas de conducta. La especialista indica que el aprendizaje requiere condiciones básicas de seguridad emocional.
«Para que el aprendizaje ocurra de manera adecuada, es indispensable que los estudiantes se sientan protegidos, valorados y respetados dentro de la institución educativa«, enfatiza.

La influencia de las redes sociales
Otro factor que preocupa a los especialistas es el papel que desempeñan las plataformas digitales en la expansión de los conflictos. León advierte que actualmente la violencia ya no termina cuando concluye la jornada escolar.
«Antes un conflicto podía limitarse al horario de clases; hoy puede continuar las 24 horas del día mediante mensajes, publicaciones o comentarios en redes sociales», explica.
Esta situación incrementa el impacto emocional en las víctimas, quienes pueden experimentar sentimientos de vergüenza, tristeza, ansiedad o desesperanza. Por ello, considera fundamental promover el uso responsable de las redes sociales y reforzar el acompañamiento familiar.
¿Prevención o reacción?
Frente al incremento de casos, diversas instituciones han puesto en marcha acciones preventivas. La Gerencia Regional de Educación de Arequipa informó que, mediante el Programa de Prevención de Violencia Escolar (PREVI), se desarrollan actividades en 197 instituciones educativas de las diez UGEL de la región. Estas acciones incluyen mediación de conflictos, identificación temprana de riesgos y fortalecimiento de la convivencia escolar, beneficiando a más de 31 mil estudiantes y cerca de dos mil docentes.
Asimismo, durante 2025 se impulsó la campaña «Prevenir para proteger», dirigida a sensibilizar a docentes, padres de familia y directivos sobre la detección temprana de la violencia y las medidas de protección. También se realizaron jornadas de capacitación sobre los protocolos de atención del sistema SíseVe y actividades regionales enfocadas en la convivencia escolar. Sin embargo, para la Dra. Karola Lara, el desafío sigue siendo transformar estas iniciativas en acciones permanentes y efectivas.
«Tenemos que profundizar las políticas públicas, pero no solamente tenerlas en un documento, sino realmente aplicarlas en la vida práctica con los jóvenes», explico.

Una tarea compartida
Los especialistas coinciden en que la violencia escolar no surge de un día para otro. Detrás de cada episodio existen factores familiares, emocionales, sociales y digitales que se acumulan con el tiempo. Por ello, consideran que la respuesta no debe limitarse a sancionar cuando ocurre una agresión, sino a fortalecer la prevención, la educación emocional y el trabajo coordinado entre familias, escuelas y autoridades.
Mientras los reportes de violencia continúan aumentando en Arequipa, el reto sigue siendo el mismo: garantizar que las instituciones educativas continúen siendo espacios seguros donde los estudiantes puedan desarrollarse, convivir y aprender sin miedo.

