Nuevamente Stefan Zweig, ahora con su libro Tres maestros, nos introduce en el mundo y la experiencia de tres literatos: Balzac, Dickens y Dostoievski; aunque cortas, las biografías, evocan la realidad histórica, personal y la imaginación de cada uno. Al hablar de ellos, como introducción, define al novelista como:
el genio enciclopédico, artista universal que (…) modela con sus manos todo un cosmos; que, al lado del mundo terrenal, levanta un mundo propio, con leyes propias de gravitación, con criaturas propias y un manto propio de estrellas tendidas sobre sus frentes; que sabe imprimir a cada figura, a cada suceso, un ser tan genuino, que no sólo les da relieve típico en su mundo, sino que los impone, con fuerza plástica penetrante, al mundo real, obligándonos a tomar su nombre para subrayar hechos y personas; y así decimos de un hombre viviente que es una figura balzacquiana, un carácter de Dostoievski, un personaje de Dickens…
A partir de esta definición, entrelaza el contexto histórico con el carácter que cada uno madura en la medida en que afrontan diversos problemas, sufrimientos y fracasos; o gozan, embellecen o enaltecen su existencia. En ese sentido, es siempre misterioso y retador comprender la vida de un hombre, de cualquier hombre; pues te enfrenta a las preguntas: ¿Cómo estoy viviendo? ¿Qué contexto me toca vivir? ¿Cómo puedo vivir bien o mejor?
Para responder a estas preguntas, puedo compartir que la lectura de la biografía de Dostoievski fue genial. Hablando del novelista, Zweig menciona: «Para acercarnos a él (Dostoievski), sólo hay una senda: el entusiasmo, pero un entusiasmo humilde que se sepa pequeño ante el respeto amoroso que en él alentaba al asomarse al misterio del hombre». Más adelante también dice:
(..) la senda que nos conduce a través de su obra pasa por todos los purgatorios de la pasión, desciende a los infiernos del vicio, se remonta sobre todos los grados del suplicio terreno: el suplicio del hombre, el suplicio de la Humanidad, el suplicio del artista y el suplicio de todos, el más cruel, el suplicio de Dios. Sombrío es el camino y es menester que el corazón arda de pasión y de amor a la verdad para no extraviarse; menester es que midamos y abarquemos nuestra propia hondura, antes de aventurarnos en la de él. Dostoievski no manda mensajes al encuentro del peregrino: tienen que ser las experiencias interiores de nuestra propia vida la luz que nos lleve a su verdad.
Estas palabras no pueden sino ser, al menos, exigentes para quien las lea; exigentes porque, en un contexto como el que nos toca vivir, donde las sensaciones, sensacionalismos, angustias mediáticas, placeres superfluos y vanidades agresivas se imponen, se agolpan y, de manera grotesca, invaden nuestra realidad; la hondura, verdad y sencillez que reclama la lectura de Dostoievski parecen imposibles de alcanzar. Imposibles porque todo descenso, suplicio, pasión que sus personajes reclaman son paulatinamente erradicados por una cultura líquida, licuada e insípida. Ya no es solo la comodidad lo que se presenta como un horizonte falso de vida; lo es también la mutilación del interior, por ese meloso y amorfo estado de bienestar. De este modo, no queremos sufrir, rechazamos la hondura y preferimos el engaño.
Frente a esto, Zweig describe la vida de nuestro novelista ruso de la siguiente manera:
El primer sentimiento, ante Dostoievski, es siempre el de terror; el segundo, el de grandeza (…), mirándole desde lo alto de su vida, se comprende que si el cielo lo forjó con golpes tan rudos fue porque quería cincelar en él algo eterno; pegó fuerte para ser digno del fuerte que en él se fraguaba (…) la vida de Dostoievski es una vida heroica, jamás moderna, jamás burguesa: una vida de Antiguo Testamento…

En otro pasaje menciona:
La vida le hace sufrir porque le ama, y él la ama porque le aprieta hasta ahogarle, pues este hombre, en que reside la mayor de las sabidurías, sabe que en el dolor se guardan las más grandes posibilidades del sentimiento (…). Dostoiewski, el siervo De Dios, comprende la grandeza de este mensaje (…) y besa su cruz con labios febriles: «No hay sentimiento de que más necesite el hombre que el de poder humillarse ante el infinito» …levantándose como Lázaro, todavía pálido, de su tumba, está siempre dispuesto a proclamar la belleza de la vida…
Dolorosa y esperanzadora descripción la que hace Zweig, pues describe esa íntima y desconcertante unidad entre el dolor y la alegría; entre la miseria y la grandeza; entre el mal y el amor. Así, la vida de este hombre no evidencia un menú de placeres aguachentos, sino la vitalidad de una existencia que es bien vivida, que no huye, esconde o arrastra; sino que se sufre, abraza y comparte. Una vida que se dona.
Qué bueno es leer y recordar que la grandeza de nuestra existencia implica la exigencia de amar, de ser hombres; nunca para nosotros mismos, siempre para los demás. Hermosa cita que, sin ánimo de sintetizar lo descrito, me recuerda a Gaudium et spes 24: «Esta semejanza demuestra que el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás».
Ahora sí, en síntesis, recomiendo la lectura de este libro, pues nos ayudará a recordar que somos seres humanos, personas, hijos De Dios.

Artículo de Mgtr. Víctor Ramos Herrera – Profesor de la Escuela de Educación de la Universidad Católica San Pablo

